sábado, 23 de septiembre de 2017

TADEUS KUNZT EN "LA TROCHA"



“La Trocha”, en la calle Huertas de Madrid, fue el escenario de la presentación de la novela negra “Pasos en la niebla”, de Pablo Torres, primer caso del
investigador Tadeus Kunzt




De izquierda a derecha: Mercedes del Castillo, Pablo Torres y Francisco Minaya (foto: Roberto Valverde)

Con puntualidad madrileña se inició la presentación de la primera novela negra de Pablo Torres, “Pasos en la niebla (The sky road)”. Fue el jueves 21 de septiembre del 2017, a las siete de la tarde. En el acto intervinieron Mercedes del Castillo, del equipo de Atlantis Ediciones; y Francisco Minaya, periodista de Sucesos del mítico diario PUEBLO; y el autor, Pablo Torres. Explicaron algunas facetas de la obra y los motivos por los que el autor ha salido de su aislamiento literario y trata de darse a conocer a los lectores, al gran público.
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                Abrió el acto Mercedes del Castillo. Se detuvo en el autor, haciendo un breve recorrido por su producción literaria, casi clandestina, empezando por “El hongo de la sabiduría” (1995), su segunda novela –la primera, “Los ojos de María”, desea que permanezca inédita–. Un año después, en 1996, vio la luz “En brazos de Carlota”, en una primorosa edición de bibliofilia (agotada). Con “El cuplé de la geisa” (escrita en 1998, editada en 1999) se adentró en la novela “gamberra”, narrando las peripifias de un grupo de “hampones” tratando de robar un caballo de carreras (agotada). Con “El doncel” (terminada en junio del 2001, publicada en el 2006) quedó finalista en el Premio de Novela Histórica Ciudad de Toledo. Fue la única novela finalista no publicada por MR. Quizá es que no fuera una narración políticamente correcta. En el 2010 finalizó “El ladrón de sueños”, segunda novela gamberra, inédita para no herir sensibilidades…
                Después Mercedes del Castillo presentaría a Francisco Minaya, del que diría: “es periodista. Formó parte del equipo de Sucesos del diario PUEBLO, durante la Transición. Entre sus mejores artículos, la información que hizo sobre el caso del Camping de Los Alfaques. Vio todo el desastre y el calor generado por la explosión hizo que se derritieran hasta los vasos de Duralex. El equipo de Sucesos del diario PUEBLO era posiblemente el mejor de toda la Prensa escrita de Madrid en aquellos años. Estábamos: Francisco Minaya, Antonio Echarri, Jesús Duva y Pablo Torres (logró una entrevista en exclusiva con El Lute, cuando estaba preso en el penal de Cartagena, Murcia). Minaya fue el creador de la página Ovni-Experiencia, Pablo Torres fue el que incordió con los jefes hasta que logró su edición. Ovni-Experiencia tenía miles y miles de seguidores. Fue todo un fenómeno en la Prensa escrita. Pablo Torres, Francisco Minaya y Pilar Benito son autores de un libro sobre el 11-M, editado por Martínez Roca. El contenido sobre la autoría de los hechos del atentado terrorista no gustó a la editorial. Los autores no se creyeron nunca las delirantes teorías sobre ETA. La editorial apenas difundió quizá el mejor libro sobre el 11-M, el que hicieron Pablo, Francisco y Pilar”.
 Los asistentes prácticamente ocuparon todo el aforo de "La Trocha", un lugar donde charlar, 
leer o escuchar jazz (Foto: Roberto valverde).

                El siguiente turno de palabra fue para Francisco Minaya, que se centró en la personalidad del autor, destacando una de sus principales características, la tenacidad, que puede ser confundida con “ideas fijas”; y su capacidad de trabajo. No se olvidó de la pasión de Pablo Torres por la fotografía, transmitida a su hijo Pablo –es mejor fotógrafo que yo, dijo–. También se detuvo en que, dentro de su producción literaria, acota bien las distintas clases sociales, que definen los movimientos sociales. Por supuesto, recordó/recordaron sus tiempos de reporteros de Sucesos en el diario PUEBLO, un medio de información fundado en la dictadura franquista que, durante la Transición política, hizo de la libertad de expresión su bandera, con algunas excepciones. En la Redacción de PUEBLO convivían periodistas de todas las ideologías.
                Francisco Minaya dedicó unos minutos al libro sobre el atentado del 11-M que, con Pablo Torres y Pilar Benito, completaron en dos semanas. Fueron quince días intentos, trabajando contra-reloj, entrevistando a víctimas de los atentados, dentro o fuera de los hospitales. El libro, quizá el mejor que se publicó sobre el 11-M no terminó de gustar a la editorial Martínez Roca: no le dio la mejor difusión posible.
                Animó a los presentes a leer la obra, a compartir las peripecias de Tadeus Kunzt, un investigador privado diferente, sin un pasado sórdido; una persona que no necesita bebidas alcohólicas para ahogar sus amarguras… porque no es una persona amargada. No le gustan ni la desigualdad ni la injusticia y Tadeus Kunzt se resiste a pasar por la vida como un miserable.
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                La intervención de Pablo Torres se inició con una frase bastante conocida y aceptada: "Los periodistas que hemos hecho sucesos, sabemos que la realidad supera con mucho a la ficción". El vivero de la novela negra son los sucesos. Los autores de novelas negras o policiacas, trabajamos con una realidad que puede parecer ficción.
                En mi caso, nunca hubiera imaginado un caso como el del “crimen de la maleta”. Un homosexual condenado en un país nórdico, que sale de la cárcel y se traslada a España, cambiándose de nombre; que tiene una cita con un peluquero homosexual al que finalmente asesina y descuartiza. Lo mete en una maleta y lo tira a un contenedor de basura, dejando un rastro. Cuando van a identificarle, el asesino mata a un policía, aunque resulta muerto por el segundo policía que estaba en la investigación” (sic).
                Los casos de Tadeus Kunzt se basan todos en hechos reales. Los personajes no son reales, o su realidad se compone de características de diferentes personas.

                Tadeus y sus socios en la Agencia de Investigación no se dedican las 24 horas a la Agencia. Tienen sus vidas, sus conflictos sentimentales. Vivimos tiempos complejos, donde realidades y apariencias se confunden. Los lectores de los casos de Tadeus no sólo van a encontrar crímenes o estafas, bajas laborales fraudulentas o espionaje industrial. Bajo todos esos casos subyacen los problemas sociales que nos preocupan y condicionan.
                La novela negra permite desmenuzar nuestro tiempo, un tiempo difícil, complejo, por no decir cabrón. Las relaciones han cambiado, a mejor. Hace 20 años era impensable cambios en la sociedad del calado de la legalización del matrimonio homosexual.
                Pablo Torres explicó que no sólo ha escrito novela. Tiene guardadas algunas biografías, como la de su tío Teófilo, miliciano de la segunda República, que luchó por la libertad y la democracia con sólo 16 años; y la de su abuelo materno, Cristóbal, un personaje singular: anarquista socarrón y mujeriego, miliciano del Ejército de la segunda República que tiene entre sus “hazañas” el haber echado abajo la campana mayor de la iglesia de El Toboso. Siempre le dijo a su nieto, al que conoció hacia 1970, que lo hizo porque la República necesitaba metales para fabricar armas y munición. Cristóbal se casó en primeras nupcias con una viuda catolicona, hija de cura, que aportaba cuatro hijos a su segundo matrimonio: aquello acabó como el rosario de la aurora.
                Pablo Torres explicó el título del libro. El título original es “The sky road”, o el camino del cielo, una ruta que hay en una micro-península junto a Clifden, pueblo de la costa oeste de Irlanda. Para el autor es un lugar mágico, lleno de bruma a primeras horas de la mañana: adentrarse en esa zona es como navegar entre brumas y sombras. Para la primera edición española entendio, junto con los editores, que sería mejor buscarle un título en español. Se decidió por “Pasos en la niebla”, manteniendo entre paréntesis The sky road.
                Pablo Torres, Mercedes del Castillo y Francisco Minaya quisieron que los asistentes al acto participaran. Y empezaron las preguntas y las afirmaciones o matizaciones. Intervino en primer lugar Rafael Rodríguez, personaje importante también en el diario PUEBLO, abundando en las características del autor, al que conoce desde 1969, año en el que Pablo Torres empezó a trabajar en el periódico. También hablaron José Manuel Fernández, diputado de IU, jubilado, aprovechando para anunciar un acto en reivindicación del escritor Arturo Barea; Carlos Hernández, profesor, lector empedernido, bibliófilo, también amigo del autor; Tere Rodríguez, que recordó un libro “best-seller” en su pueblo: “Los años oscuros en Miguel Esteban, Toledo. Represión y fascismo en Castilla La Mancha. 1931-1945”. En la obra recupera la auténtica historia de su pueblo, en los años de la guerra civil y primer franquismo.
                Al final del acto, la firma de ejemplares, con bolígrafo rojo; y alternando los nombres de Tadeus Kunzt y Pablo Torres. Protagonista y autor comparten algunas facetas. Se pueden descubrir con la lectura de “Pasos en la niebla”.

Gabriel Argumánez
Fotos: Roberto Valverde

Nota: los interesados en la obra, puede pedirla a:


martes, 18 de abril de 2017

EL LABERINTO DE LOS NIÑOS PERDIDOS. NOVELA DE PABLOTORRES



TEJIERON UN ENTRAMADO DE FALSAS MUERTES
PARA ROBAR Y VENDER NIÑOS RECIÉN NACIDOS



La novela ofrece un catálogo de las trabas con que la “Justicia”, la Iglesia y la Administración protegen todavía, en nuestros días, la impunidad de quienes, amparados en su oficio de médico o comadrona; y en una malsana forma de entender la religiosidad y la decencia, pero espoleados por menos nobles intereses crematísticos, tejieron un entramado de falsas muertes de bebes y de remuneradas adopciones, bajo la cobija del régimen político y clerical imperante
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Como un niño perdido me he sentido yo leyendo muchas páginas de la nueva entrega de las aventuras de Tadeus Kunz, el peculiar detective creado por Pablo Torres, al hacer mía la impotencia de los investigadores para penetrar la densa telaraña de intereses que oculta la trama criminal orquestada para el robo de niños durante los últimos años del franquismo e incluso ya avanzada la Transición.
En “El laberinto de los niños perdidos”, nuestro protagonista sigue al frente de la agencia de detectives que creó tras renunciar a su profesión de arquitecto y asume ahora el caso de la búsqueda de la verdadera identidad de la madre de un hombre, adoptado por una familia desde su nacimiento, que sospecha haber sido un “niño robado”.
Más que suspense, la novela ofrece un catálogo de las trabas con que la “Justicia”, la Iglesia y la Administración protegen todavía en nuestros día la impunidad de quienes, amparados en su oficio de médico o comadrona y en una malsana forma de entender la religiosidad y la decencia, pero espoleados por menos nobles intereses crematísticos, tejieron un entramado de falsas muertes de bebes y de remuneradas adopciones, bajo la cobija del régimen político y clerical imperante.
Eduardo, el socio de Kunz, y su empleada, Laura, mantienen un amplío protagonismo en esta nueva novela, lo mismo que las dos mujeres en que se debaten los afectos de Tad: Emma e Ivana. Aunque en esta nueva entrega habrá novedades en torno a este duelo.
También está presente la original mecánica investigadora del detective, inspirada en la cinta de Moebius (“una polea sin fin, pero de una sola cara”), aunque en esta ocasión el recorrido lleve siempre al punto de partida: la cerrazón de los ficheros y de sus guardianes.
Al llegar a la última página nos asoma la curiosidad de conocer en que vericuetos se adentrará Tadeus en la siguiente entrega de la saga. Quedamos a la expectativa.

José Julio Rodríguez
Madrid, 19 de abril de 2017

CARMEN TORRES RAMOS. IN MEMORIAM




Nació el 12 de agosto de 1927, en Miguel Esteban, pequeño pueblo de La Mancha más árida. La bautizaron con el nombre de Vicenta Carmen, hija de Genaro Torres Araque y Miguela Ramos Torres. Eran años de agitación por el malestar que provocaba la monarquía Alfonsina, de espaldas al pueblo; y los golpes de Estado de Primo de Rivera y Berenguer. España no era un país: era la finca particular de quienes siempre se han creído sus propietarios: nobles, terratenientes, nobles-terratenientes, altos militares del ejército, iglesia católica… los de siempre.

                Carmen Torres Ramos (Miguel Esteban, Toledo, 12 de agosto de 1927 – 25 de marzo 2017) pertenecía, por nacimiento, a las clases trabajadoras, a los pobres. Y ese nacimiento se produjo en el medio rural, en la inhóspita, despiadada Mancha. En su pueblo transcurrió su vida, marcada por la República, la guerra civil (o Guerra de España), el franquismo y la recuperada democracia, tras la muerte del más sanguinario dictadorzuelo que conoció España, un generalote criminal y genocida, tolerado por las potencias occidentales.

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                Carmen tenía 4 años cuando se proclamó la segunda República, hecho decisivo para España, en su primer intento auténtico por ser una democracia; y 9 años cuando se originó la guerra civil, o guerra de España, tras un golpe de Estado fallido en media España, dado por Mola, Franco y otras alimañas “africanistas”. La guerra civil dejaría a Carmen huellas indelebles. Recordaba hechos importantes ocurridos en Miguel Esteban –y así lo tengo grabado cuando la entrevisté para reconstruir la vida de su hermano Teófilo, miliciano de la República–. Me contó que el 20 de julio de 1936, cuando milicianos de La Puebla de Almoradiel y otros pueblos de la comarca tuvieron que desplazarse hasta su pueblo para sofocar el levantamiento de los más feroces falangistas, ella y su madre fueron encañonadas por algunos milicianos. Republicanos de Miguel Esteban informaron a sus compañeros que eran la hija y la esposa del alcalde, Genaro Torres, socialista de Izquierda Republicana. También me narró los destrozos y desmanes que provocaron un grupo de incontrolados de la CNT de Alcázar de San Juan, cuando se trasladaron hasta Miguel Esteban para impartir su “justicia” cenetera: proteger a unos derechistas que se habían afiliado a la CNT y que habían atacado la sede de la UGT. Afortunadamente llegaron los refuerzos que pidió el alcalde: la guardia de asalto controló a los incontrolados de la CNT (no querían saber nada de los frentes de guerra), que ya habían causados grandes destrozos en la iglesia (fueron los mismos autores de “La cremá de la pata del diablo”, un acto en el que fueron asesinados un grupo de derechistas de El Toboso, luego utilizado para que los franquistas condenaran a muerte a muchos inocentes). Y les echaron: hecho el daño, nunca volvieron.

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                En 1939, finalizada la guerra civil, Carmen cumpliría 12 años. Empezó a vivir el horror de una postguerra interminable que empezaría para su familia con el asesinato de su padre, Genaro Torres, alcalde socialista de Miguel Esteban, junto a otros 17 demócratas migueletes, fusilados en una de las paredes del cementerio de Quintanar de la Orden; el encarcelamiento de su hermano Teófilo, que había luchado por la libertad y la democracia, en Toledo y Pozoblanco. En esos primeros años del franquismo más criminal, ella, sus hermanos Miguel y Vicente y su madre supieron lo que es tener que trabajar a cambio de comida, supieron lo que es tener que malvender unas pocas tierras de su padre a un precio irrisorio… y consideró que tenía suerte: a otras chicas del pueblo, por ser de familias “rojas” les cortaron el pelo al cero, colocándoles un lacito rojo en una pequeña coletita que les dejaron en sus rapadas cabezas. Alguna fue paseada desnuda por el pueblo para escarnio general y regocijo de los bizarros franquistas del pueblo, que nunca habían estado en los frentes de guerra.

                En 1944 la represión franquista amainó. Los alemanes, que le habían dado todos los medios a Franco para que ganara la guerra, iban a perder la segunda Guerra Mundial. Pero los americanos querían instalar sus bases militares en España y toleraron una dictadura, manejable en todas sus facetas: los franquistas se repartían el botín de guerra.

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                Por supuesto, la victoria franquista provocó una gran hambruna en toda España. Los victoriosos franquistas debían pagar las deudas contraídas con los nazis alemanes y fascistas italianos. Los pagos se hicieron a costa del hambre del pueblo español. En Miguel Esteban, el conocido cura párroco don Martín organizó una especie de auxilio social, para que los hijos de los rojos pudieran “comer”. Pero los niños y los jóvenes que iban al comedor de ese monstruo, tuvieron que soportar las agresiones físicas de ese psicópata con sotana (siempre evitó decir que Genaro Torres, padre de Carmen y Teófilo, padre de Miguel y Vicente, impidió que le pasearan; al igual que Genaro intentó que no pasearan al sedicioso Cambronero, hecho que estuvo a punto de costarle la vida). Carmen, dura como un garbanzo tito, prefería tener el estómago vacío. No iba al comedor de don Martín: ese individuo le daba asco. Mejor pasar hambre.

                La situación de la familia se empezó a normalizar cuando Teófilo salió de la cárcel y sus hermanos Miguel y Vicente emigraron a Madrid para buscar un futuro económico que les negaban en Miguel Esteban. Fueron años en los que muchos migueletes demócratas abandonaron el pueblo para sobrevivir, en una sociedad reprimida, irrespirable, turbia, gris, sucia.

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                Carmen se casó con Manuel Ortega el 20 de febrero de 1955. La hambruna provocada por las deudas de guerra de los rebeldes franquistas ya se dejaba sentir. El hambre nunca doblegó a Carmen… Carmen y Manuel, instalados en la casa familiar de Genaro y Miguela, formaron su propia familia. Con los años el matrimonio aportaría a la familia a sus hijos: Carmen y Miguel.

                Cuando la situación económica lo requería, Carmen y Manuel bajaban a Jaén a la recogida de la aceituna. Ese duro trabajo, bastantes años atrás, era enteramente manual: se extendían las lonas en el suelo y se vareaban las ramas de los olivos una a una. Luego tocaba agacharse y recoger las lonas para cargar las aceitunas. Y las aceitunas se recogen en enero, un mes en el que el frío se cala hasta en el tuétano. Carmen nunca se quejó. El destino de los pobres es dejarse la piel para poder sobrevivir.

                Hacia 1962 sus hermanos Miguel y Vicente y sus cuñadas Araceli y Consuelo emigraron un tiempo a Suiza, en busca de un futuro que les negaba su país. En España no había sitio para los “rojos”, para los demócratas. Carmen se hizo cargo de los hijos de Miguel hasta el regreso de sus padres. La represión en Miguel Esteban ya no era tan intensa, aunque persistían los modos propios de la dictadura de Franco, en un pequeño pueblo donde todos se conocían, donde los verdugos se vanagloriaban de sus atrocidades y no paraban de decir tonterías y mentiras sobre el “generalísimo” que trajo la paz (de los cementerios) a España; aunque hay que reconocer que el gran triunfo del franquismo fue criminalizar a las víctimas, convertir a las víctimas en criminales, criminalización que llega hasta nuestros días, en un país sembrado de fosas comunes, como pesadilla de uno de los más siniestros periodos de la historia de España. Todo con la bendición apostólica de la Iglesia Católica, colaboradora directa de la dictadura que introducía en sus templos, bajo palio, a su “caudillo”.

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                Muerto en sanguinario dictador, iniciado el proceso de recuperación de la democracia, a partir de 1975, Carmen siguió con su vida normal. Los pobres, en democracia siguen siendo pobres. Hay que sobrevivir dentro de la maldición bíblica: ganarás el pan con el sudor de tu frente… y el dolor de tu espalda y riñones. No hay descanso para los pobres.

                Un año importante para la familia Torres Ramos fue 1978. Tras muchas gestiones de su hermano Teófilo, con otros compañeros demócratas de la zona, lograron comprar las fosas del cementerio de Quintanar de la Orden, donde están los restos de los civiles demócratas asesinados-fusilados por los victoriosos franquistas en 1939.

                Sin ningún tipo de subvención, tras adecentar las fosas, cubrirlas con mármol negro y poner las placas con el nombre de las víctimas de la vesania franquista, se inauguraron con un acto político. Se recordó que murieron por defender la libertad y la democracia, la legalidad de la segunda República. Las fosas del Cementerio de Quintanar son actualmente un lugar de culto para los demócratas.

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                Cuando quise reconstruir la historia de su hermano Teófilo, miliciano de la República, una de las personas más sensibles y buenas que se pudieran conocer, con algunos episodios desgraciados que marcaron su vida, me entrevisté con Carmen. Y me facilitó una excelente información –grabada en una cinta de magnetofón–, que tuve que comprobar en sus hechos con documentos localizados en distintos archivos, para evitar campañas de difamación (curiosamente una campaña de difamación la puso en marcha un tipejo supuestamente de izquierdas, de no buena “pinta”: su padre fue confidente de las “fuerzas vivas” afectas a la dictadura).

                En los pueblos se funcionaba más por los apodos que por los nombres y apellidos. Pero Carmen sabía quiénes eran los verdugos, conocía a todos los que participaron en aquellas monstruosidades, personajes de (supuestas) convicciones católicas, asiduos a las misas dominicales y a los capirotes semanasanteros, que quizá desconozcan la palabra misericordia. Esos tipos todavía defienden una narración franquista de la guerra de España y de los años de feroz dictadura.

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                Tuve que recurrir a Carmen, mi tía Carmen, cuando escribí otros libros relacionados con Miguel Esteban. En concreto, necesitaba información sobre los guisos más antiguos de Miguel Esteban, habituales en la dieta de los pobres, para el libro “El puchero de don Quijote” (Noticias Bibliográficas, Madrid, 2005. Agotado). Las gachas, de sencilla elaboración, requieren un punto de cocción para que sean algo más que una masa de harina a la que se añade pimentón para darle algo de sabor… también me informó y grabé con una cámara digital, cómo se hacían los “tirabuzones”, un plato descrito en El Quijote con otro nombre (cañutillos, creo). Y me señaló cómo hacer un buen “borracho”, un dulce típico de La Mancha, actualmente refinado, que hay que “emborrachar” de aceite, amasándolo con paciencia. Sus conocimientos gastronómicos, que la llevaban a elaborar arrope y mostillo, aderezados con historias bárbaras de mi abuelo Cristóbal, un cenetista siempre metido en berenjenales, eran los propios sobre los antiguos guisos, antes de que los langostinos formaran parte de la dieta de los manchegos.

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                Aunque tenía motivos para detestar a todos aquellos monstruos que hicieron de España una gran cárcel vigilada por el ejército, sometida a la siniestra moral de la iglesia católica, Carmen nunca manifestó odio o rencor hacia nadie. Creía en Dios, en su Dios, posiblemente un dios distinto al de los curas católicos, aunque fuera a misa… algunos todavía recordamos que, cuando el entierro de su hermano Teófilo, el cura católico que ofició el acto religioso, auténtica escoria humana, se enfangó contra el fallecido: las palabras de aquel sacerdote católico contra Teófilo fueron las propias de un ser miserable, repugnante, lleno de odio (desde entonces, no he vuelto a pisar el interior de ese templo).

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                Podría escribir páginas y páginas sobre Carmen Torres Ramos, narrar los más duros episodios de su vida. Prefiero anotar los pocos datos que se aportan en este artículo, como reconocimiento a una manera digna de pasar por este mundo, sin avasallar ni ofender a nadie. Los últimos años de Carmen, mi tía Carmen, fueron los de una mujer del medio rural  que iba para nonagenaria, acercándose tranquila a su final: muchos pequeños achaques, grandes alegrías con sus hijos, sobrinos y nietos.

                Estas pocas palabras sobre Carmen Torres Ramos, una mujer sencilla, sin dobleces, son el reconocimiento a una vida moderada y juiciosa, de trabajo, que ha dejado su impronta en sus familiares directos (no todos). Sus padres defendieron la libertad y la democracia, sus hijos defienden la libertad y la democracia, sus sobrinos defienden la libertad y la democracia, como los valores de las personas cabales; sus nietos, siguen la luminosa estela que en un momento preciso dejó su padre, Genaro Torres Araque: les hace humanos, siempre humanos.



Pablo Torres

Madrid, 17 de abril 2017.