jueves, 2 de mayo de 2013

MADRID. PUERTA DEL SOL. Los hombres compro-oro [2]




Ocupan zonas estratégicas de la Puerta del Sol, las bocanas de las calles de la Montera, Carmen, Arenal, Carretas… Repiten hasta la saciedad “Oro, compro oro, pago más”. Son mayoritariamente hombres, de nacionalidades sudamericanas. Están al servicio de distintas empresas, que se aprovechan de las necesidades económicas de las familias en tiempos de (falsa) crisis: “Oro, compro oro, pago más”.
   La frase sobrevuela aquí y allá, insoportable cantinela, entre Bob Esponja y Minnie, la eterna novia de Miki Mouse; entre las estatuas vivientes de fakires suspendidos en el aire y una banda de mariachis que ameniza la tarde, cualquier tarde, con sus sonidos metálicos y voces mexicanas: “Oro, compro oro, pago más”.
   La falsa crisis aprieta y ahoga a los pobres, forzados a malvender sus pocas pertenencias de valor –un valor determinado por el capitalismo– para poder comer y vestirse, para poder vivir. Los hombres compro-oro son una parte de la Puerta del Sol, visibles con sus chalecos reflectantes para que sean más visibles. Son el reclamo para los necesitados, las voces que guían a los que se ven obligados a vender a bajo precio anillos y pendientes, collares y pulseras… oro, oro, oro. Las grandes fortunas se amasan con el sufrimiento de los despojados de sus trabajos y casas, arrebatándoles sin contemplaciones sus pertenencias a bajo precio: “Oro, compro oro, pago más”.
 

domingo, 14 de abril de 2013

CRISTOBALÓN “EL CARRETERO” (y 2)






Excesos de juventud de Cristóbal Fernández Dorado,anarquista socarrón y mujeriego, bellaco en sus bellaquerías.Se casó con una viuda católica y beatona: el matrimonio acabó como el rosario de la aurora. Miliciano de la República, encarcelado por defender la Libertad y la democracia, el franquismo le aniquiló
(NARRACIÓN CORTA. SEGUNDA Y ÚLTIMA ENTREGA)

MOSTILLO, PERO MENOS
La cosecha había sido extraordinaria: las cepas, cuajadas de prietos racimos, formaban un verde mar rotulado lleno de vino. Manuel llenó dos garrafas del turbio líquido amarillento al pie de la misma prensa. Cargó la borriquilla y las llevó a casa. Carmen dispuso un gran y hollinado caldero de cobre en la chimenea, alimentada con gavillas de secos sarmientos. Vertió el preciado mosto en el recipiente, para una cocción a fuego lento, muy lento.
            Al día siguiente habría una pequeña fiesta familiar: todos, grandes y chicos, participarían de la caldereta de cordero. Al final, el mejor y más dulce postre soñado: mostillo hecho con arrope.
            Carmen se esmeró en la preparación del arrope, removiendo el líquido denso y viscoso hasta que adquirió esa pastosidad gelatinosa. Estuvo pendiente del caldero, vigilando que tuviera el fuego adecuado, catando la dulce pócima, hasta que obtuvo ese punto ideal de dulzura. Ayudada por su hija, a partir del arrope preparó mostillo, vertiendo el preparado en platos hondos, dejándolos enfriar, para fijar la necesaria consistencia. Manuel subiría los platos a los tejados, donde al frescor de la noche, cuajarían.
            El espíritu travieso y goloso de Cristóbal despertó con el aroma del mostillo. Esa noche, en otra de sus juergas, se apostó que se comería él solito hasta doce platos de mostillo. La bravuconada, una más, otra más, fue a más, afirmando que lo haría ante los ojos de los demás, después de cagarse sobre varios platos de mostillo.
            –¡Joder qué guarro eres Cristóbal! –le contestaron en la taberna, haciendo gestos de repugnancia–.
            Al amanecer, enfriado y cuajado el mostillo, Cristóbal escaló una fachada hasta alcanzar los tejados. Sombra silente, se deslizó hasta donde los platos reposaban: se bajó los pantalones, dejando su impronta intestinal repartida sobre los esperados postres. Y se marchó tan campante, a dormir. Regresaría a la hora de la comida, para comprobar in situ los estragos de su borriquería.
            –¡Ay Jesús Santo, qué disgusto! –las voces de las mujeres alertaban de la fechoría–.
            Ufano, Cristóbal se presentó dispuesto a corregir la situación. No se identificó como el autor de la barrabasada –le hubieran apaleado–, aunque apuntó que el mostillo era recuperable: sólo se debía retirar el excremento que adornaba el mostillo. Se echaron las manos a la cabeza, gesticulando asco.
            –Si no tenéis inconveniente, yo mismo lo puedo hacer. Y comeré el mostillo aquí mismo, para que luego no digáis que no es posible comerlo.
            –¡No seas borrico Cristóbal!
            Ni corto, menos perezoso, puso uno de los platos de mostillo sobre la mesa. Con una navaja, manejada con habilidad, quito una fina capa de mostillo, retirando el excremento sin tocarlo. Después, con una cuchara atacó el delicado postre ante los atónitos ojos de los presentes, que no ocultaron ni disimularon, con gestos y expresiones, la náusea que vivían. La chiquillería disfrutaba.
            –Pero si esto no es nada. Traer otro plato y veréis –aseguró Cristóbal.
            Repitió operación, saboreando luego el suculento mostillo. Incluso se permitió bromas, que aumentaron las arcadas de los presentes. Cristóbal se comió, efectivamente, doce platos de mostillo. Y obtuvo su premio: una intensa diarrea, acompañada de fuertes dolores intestinales.

“LA GORDA” DE EL TOBOSO
–Con la iglesia hemos dado, amigo Sancho…
Vivían la agitación de unos días confusos, extraños, violentos. Un grupo de oficiales africanistas habían dado un golpe de Estado, desde las plazas militares de la costa norte de África. Y la sedición se había extendido por todo el país, provocando enfrentamientos armados. En El Toboso las autoridades locales, fieles a la II República, mantuvieron el control que pudieron, vigilando como mejor supieron a los milicianos más radicales e indisciplinados, capaces de cualquier barbaridad; y detuvieron a todos aquellos derechistas que se señalaron por alentar el enfrentamiento civil cainita.
Los meses se sucedieron, estabilizándose los frentes de guerra. En las retaguardias, en los pueblos bajo el control de la República, la vida colectiva se hizo rutinaria, incluso en la complejidad de la guerra: muchachos jóvenes y hombres maduros, junto con milicianas libres en su libertad, se incorporaban al Ejército de la República. Unos eran voluntarios, otros iban a los frentes con sus quintas. Las separaciones familiares resultaban traumáticas: el temor a la muerte en combate era mayor en los padres que en los propios soldados. Se maldecía a aquellas bestias apocalípticas, sedientas de sangre, que habían provocado la guerra civil al fracasar en media España su enésimo golpe de Estado.
Aquella mañana, seca y calurosa, preludio de una jornada asfixiante, un telegrama llegó a la oficina de Correos para romper la monotonía. Desde el ministerio de la guerra se pedía a las autoridades locales que consiguieran todo el hierro posible y otros metales para enviarlos a fundiciones y obtener materia prima con la que fabricar armas, en unos días en los que la libertad y la democracia únicamente se defendían con las armas.
El alcalde y la corporación municipal se reunieron de urgencia en el ayuntamiento. Se redactó un bando pidiendo la colaboración de todos los vecinos para conseguir hierro, cobre, bronce, latón, estaño… excluyeron de la petición cualquier pieza de los arados o los necesarios aperos para las faenas agrícolas, porque cualquier metal no precioso, tenía tanto valor como el mismo oro. En una semana no consiguieron ni una tonelada de metales.
            –¿Y si utilizamos las campanas de las iglesias? –propuso el representante municipal del sindicato CNT–.
            –Con la iglesia hemos topado, compañeros y camaradas – replicó de inmediato el alcalde, resoplando–.
            En un ordenado debate, algunas pistolas cargadas y montadas, se escucharon todas las opiniones. Hablaron comunistas, socialistas, libertarios, republicanos… Eran siete representantes que expresaron nueve o quince opiniones diferente, opuestas, algunas complementarias. Ante la falta de acuerdo, dejaron la decisión final al alcalde.
            –Pues si con la iglesia hemos dado, amigos, compañeros y camaradas, que la iglesia no devuelva lo mucho que nos ha robado. ¡¡Que caiga “la gorda”. Viva la República!!”.
            Un grupo de cuatro o cinco milicianos subió a la carrera la estrecha escalera hasta el campanario, en lo más alto de aquella torre cuadrada, de grandes dimensiones, que empequeñecía el templo. Desde la altura se divisaban los pueblos de Quintanar y Miguel Esteban, al oeste; y Pedro Muñoz, al este. Los voluntarios, controlados incontrolados que se encargaban de velar por la seguridad de la población, miraron y remiraron el campanario, sin ser capaces de imaginar cómo podía echar abajo la campana mayor, “la gorda”.
            –¿Cuánto puede pesar una campana?
            –No sé, unos mil o dos mil kilos, ¿no?
            –Anda ya. Eso es demasiado, ni que fueran macizas…
            –No discutamos. La República necesita metal para fabricar armas, necesita municiones para defenderse de los fascistas. Aquí hay metal, muchos kilos de metal.
            –Esto lo echo yo abajo con cuatro tiros, por la madre que me parió…
            –Esto es más sólido de lo que parece…
            Cargó su fusil y empezó a disparar contra la estructura de madera, sin conseguir nada, salvo poner en peligro a sus otros compañeros.
            –¡Para para! No seas animal ¡coño! que nos vas a matar con una bala rebotada.
            –¿y si se lo decimos a Cristobalón “el carretero”? –propuso uno de los milicianos–
            –¿El marido de la sorda beata?
            –Sí, el mismo.
            –¿El que vive un poco más allá del arco?.
            –Claro, ese.
            –Cristóbal es muy burro. Es capaz de echar abajo él solo toda la torre. No sé que decir…
            –¿Le avisamos o no?
            –No quiso participar en “La cremá de la pata del diablo”.
            –Aquello fue obra de los camaradas anarquistas de Alcázar. No tenían derecho a venir al pueblo y pasear a los fascistas. Todos podemos pagar por aquella barbaridad.
            –¿Le avisamos o no, porque esto no hay quien lo eche abajo?
Cristóbal, Cristobalón el carretero, hombre maduro, de poco más de cuarenta años, casado y con dos hijas, era un hombre feliz, con ganada fama de excesivo en sus excesos. Se situó frente al acceso principal de la iglesia de San Antonio Abad, en la fachada sur, la misma iglesia que citara Miguel Cervantes en “El ingenioso hidalgo de La Mancha”, repitiendo la misma frase que Don Quijote le dijera a su buen escudero:
–“Con la iglesia hemos dado, amigo Sancho”.
Se alejó unos pasos, para contemplar el enorme edificio religioso, para disfrutar del conjunto arquitectónico. Se disponía a quitarle la voz metálica, el reclamo, el grave sonido de su campana mayor, “la gorda”. Sentía que echar abajo aquella enorme campana, era mucho más que una simple operación de carpintero. La campana simbolizaba llamada a misa, celebraciones… alienación, embrutecimiento, superchería. Y de su boca salían coplillas revolucionarias cantadas en voz baja, siguiendo la estela musical del himno de Riego:
–“Si los curas y frailes supieran la paliza que les vamos a dar, subirían al coro cantando libertad, libertad, libertad”.
            Ni siquiera se planteó bajar la campana con alguna grúa, o levantando algún andamiaje de apoyo. La altura de los tres cuerpos de la torre, separados por una línea de imposta, estaría entre los veinticinco y los treinta metros. Primero debería inclinar la campana, luego desclavar los puntos de anclaje y después, con una palanca provocar su caída hacia el exterior. Porque si la campana quedaba dentro del campanario, sería imposible levantarla en espacio tan reducido y arrojarla hasta la calle. Y recordó que mejor pensar un buen rato y después actuar; que no actuar, para después no encontrar soluciones.
            Construyó una plataforma de madera, en forma de un plano inclinado; y después unas serraduras en cuatro puntos concretos de los anclajes que desprendieron la campana gorda. La pieza se desplazó hasta la plataforma inclinada que, con el peso, desniveló más el ángulo. Con varias palancas provocaron que aquella mole se deslizara precipitándose hasta el suelo: en su caída, dejó huellas al arrancar trozos de la imposta. Un tremendo ¡¡goooonnng11 en su choque contra el suelo, escuchado en todo el pueblo, hizo retumbar las casas de las inmediaciones.
La caída de “la gorda” se celebró con gritos mezclados de “¡Viva la República!” y “¡Viva la madre que te parió Cristóbal!”, acompañados con vino y disparos al aire de fusiles y pistolas.
Desde la altura del campanario contempló feliz su hazaña. Emocionado, acertó de decir:
–La república ya tiene metal para fabricar armas. Ahora le faltan hombres para empuñarlas. Compañeros, el frente me espera.

OCAÑA. “MON AMOUR”
El desolador crujido del cerrojo, cerrando la verja a su espalda, le perforó agudo las sienes. Escuchó a los aseados, bien alimentados celadores, de impecable uniforme gris, comentar en voz alta para que su voz llegara clara a los presos: “¡Más rojos de mierda, hijos de puta. No vamos a dejar ni uno. No tienen derecho ni a la vida!”. Atrás quedaban las ilusiones perdidas en tres años de guerra civil, en tres años de cruel y sangriento enfrentamiento ganado por los sediciosos, los mismos que le habían condenado a dieciséis años de reclusión por “adhesión a la rebelión”: ¡Qué sarcasmo!
            Estaba en el interior del penal deOcaña, dentro de unos gruesos muros que separan la vida y la muerte, uno de los centros más inhumanos del sistema represivo franquista, donde la vida de los presos políticos, la vida de los rojos, no valía una perra chica. Estaba allí, porque los suyos, los republicanos, habían sido derrotados por el fascismo internacional. La palabra “Libertad” era un recuerdo, un añorado e insistente recuerdo que le mantenía vivo.
            Cristóbal se resignó –¿qué otra cosa podía hacer?– ante su incierto futuro: ¿tienen futuro los perdedores? Sólo le quedaba la esperanza de sobrevivir, sin saber a qué o por qué. Los presos como él no tenían mañana. Vivían el hoy, pendientes de que fueran llamados para ser fusilados en la madrugada del día siguiente.
            Les obligaron a formar en uno de los patios de la cárcel, al sol. Cuerda de prisioneros políticos: cuestiones de filiación y reparto de atestadas celdas. Teófilo, Teófilo Torres Ramos, el muchacho miguelete que pasaba lista por orden alfabético –no tendría veinte años, no llevaba uniforme de celador: parecía otro preso– voceaba los nombres, indicándoles el número de celda. En la efe de Fernández hizo una pausa: preguntó por Cristóbal Fernández Dorado: “¡Dónde está!”. Llegó una voz apagada, temblorosa, diciendo “Aquí”. El muchacho se le acercó, preguntándole:
            –¿Tú no estuviste en La cremá de lapata del Diablo, en el Toboso?[1]
            Los franquistas ni olvidaban ni perdonaban: haber estado en “La cremá de la pata del diablo” suponía una brutal paliza y el fusilamiento inmediato, independientemente de la condena que le hubieran impuesto. Y Cristóbal vivía en El Toboso cuando se produjo el asesinato de los derechistas.
            –¿Yo? No, no –pálido y frío mármol en su desencajado rostro–.
            –Tú vivías en El Toboso…
            –Sí, sí, pero yo no…
            Recordó su pasado: una juventud excesiva, salpicada de borriquerías mil; un matrimonio roto: dos hijas… y un hijo al que no conocía: su mujer, Socorro, lo había parido en una inclusa de Madrid, abandonando a la criatura en el mismo centro; una guerra civil: evacuación de sus dos hijas desde Albacete a Ontur, un pequeño pueblo en el límite provincial con Murcia; e incorporación a las milicias populares de la República, en una compañía de la Central Nacional del Trabajo (CNT); testigo accidental de los sucesos conocidos como “La cremá de la pata del Diablo”, donde fusilaron a doce fascistas; colaborador gustoso para echar abajo las campanas de una iglesia en El Toboso; prisionero al acabar la guerra civil, ocultando su filiación anarquista para evitar ser fusilado de inmediato… Ahora todo estaba perdido: le habían descubierto.
            –Sí, tú estuviste allí.
            –No, no, de verdad –temiendo por su vida–.
            En 1942, cuando Teófilo tenía veintidós años, llevaba ya un tiempo en la prisión de Ocaña. Los rebeldes le habían condenado en juicio sumario por “adhesión a la rebelión” a dieciséis años de cárcel. Hijo del alcalde socialista de Miguel Esteban, su pueblo natal en La Mancha más árida, cuando contaba sólo con dieciséis años se incorporó a las milicias de la República para defender la libertad y la democracia. Se trasladó hasta Toledo, para combatir intentando tomar el Alcázar. Tras los fallidos ataques y una apresurada desbandada por la llegada de las tropas de Franco, fue trasladado hasta el pueblo cordobés de Pozoblanco, donde combatió hasta el final de la guerra civil. Cuando disolvieron su compañía, junto con otros suboficiales de la República, reunieron toda la documentación de las unidades militares que operaban en la zona y la llevaron hasta el polvorín, procediendo después a volarlo. Garantizaban así el anonimato de miles de soldados, borraba así su pasado militar con la República.
            Teófilo sabía leer y escribir con fluidez, era joven. Los nacionales creían que le habían condenado por el hecho de ser hijo de un alcalde socialista. Y le pusieron a trabajar en las dependencias administrativas del penal: recepción de presos, control, filiaciones…
            –¿Es que no me conoces? –cortó el joven que les recibía para completar su filiación como presos–.
            –No, no sé quién eres –casi sin respiración–.
            –Tonto de los cojones, soy Teófilo, el hijo de Genaro, alcalde de Miguel Esteban. Mi padre era uno de tus compañeros de correrías…
            –¡Joder Teófilo, qué susto me has dado! Casi me muero del susto –le temblaban las piernas–.
            Recobró el aliento, el color. Teófilo le dijo que cuando terminara de pasar lista hablaría con él, para informarle sobre la situación de todos los compañeros, de las precauciones que debería adoptar: las malolientes celdas, sin la menor higiene, estaban abarrotadas de republicanos. El rancho era muy escaso y de mala calidad. Le recomendó que bebiera agua, mucha agua; que evitara cualquier tipo de comentarios cuando tuviera cerca de algún carcelero. Le insistió en que no se fiara de todos aquellos que buscaran sonsacarle: chivatos condenados por delincuencia común. Se puso bajo las órdenes de Águedo Casas, un comunista corajudo, enteramente de fiar.
            –¿Y “Sombrerete”?
            –Murió. Una pareja de la guardia civil le trasladó a pie desde Quintanar. Llegó al penal en muy malas condiciones. Tenía muchos años y no parecía querer vivir. Nos quitamos un poco de comida cada uno, para dársela, pero no resistió. En dos semanas se consumió. Murió en los huesos.
            –¿y “La Pernala”?
            –Está muy enferma, en aislamiento. Creemos que tiene tuberculosis. Necesitaría buena alimentación, descanso y respirar aire limpio. Aquí o te comes el rancho con los gusanos y bebes mucho agua, o mueres. Y respiramos suciedad. Los piojos y las chinches están por todos los rincones.
            –¿Se puede pasar comida de fuera? Tengo oído que muchas mujeres traen a sus hombres pan y embutidos…
            –Las que logran hacer llegar un hatillo de comida a sus maridos tienen que pasar antes por los carceleros, en la pensión de…
            –Entiendo.
            Todas las noches los celadores recorrían celda a celda portando su lista de la muerte, en un ejercicio sádico, citando macabros los que serían fusilados al alba: “A ver, a quién le toca hoy: Al, Al, Al…”. Los Alfonsos, Albertos, Alonsos, Alfredos… se incorporaban, dándose los últimos abrazos con sus compañeros, levantando el brazo izquierdo con el puño cerrado: “Alberto Ruiz Aguado”. En la madrugada, desde las tapias del cementerio municipal, a unos dos kilómetros de la cárcel, llegaban los sonidos secos de los disparos de los pelotones de fusilamiento, los posteriores tiros de gracia. Y volvía la normalidad, hasta la noche: malos tratos y palizas, hambre, insultos y humillaciones, piojos y chinches…
            Pasaban días y días, semanas y semanas, meses y meses: hacinados y hambrientos, vejados y pateados, soportando toda suerte de sevicias, los republicanos recibían noticias de la guerra en Europa: los fascistas están perdiendo, “Lo nuestro no puede durar mucho”.
            –Cristóbal, aséate y ve a la sala de visitas. Quieren verte –el carcelero ese día estuvo incluso amable–.
            Desconcertado, con el corazón en un puño, se personó en la sala de visitas. Sentado, le esperaba Pascual, el falangista, perfectamente uniformado. Fumaba tranquilo, como ausente. Cristóbal tuvo malos presagios: el miedo se apoderó de su cuerpo. Pascual, el falangista, estaba casado con Esmeralda, hija de su ex-mujer. La inesperada visita nada bueno podía anunciar.
            –¿Te tratan bien?
            No podía decirle que le trataban, como a todos, a patadas; no podía decirle que comían mal y poco, cuando comían; no podía decirle que, desde el más absoluto desprecio, les obligaban a misa semanal, en un proceso de reeducación moral y político... No deseaba verle y estaba allí, derrotada estatua.
            –Sí claro, nos tratan bien.
            Cuatro paredes, frías y sucias; un alto techo, del que colgaba un cable que encendía y apagaba una anémica bombilla; un suelo gris, de renegridas baldosas; una mesa alta, de madera vieja; y una silla cochambrosa conformaban la sala de visitas. Pascual se levantó, ofreciendo a Cristóbal el asiento. Obedeció. Moviéndose muy lento, fumando distraído, en tono paternalista, le explicó que la familia, con el consentimiento de Socorro, su mujer ante la Ley de Dios, había decidido vender el casón de El Toboso. Era un buen negocio para todos –le aseguró–.
            –¿Qué queréis de mi? –extrañado, sorprendido. No le necesitaban para nada–.
            Extrajo unos folios de uno de los bolsillos de la chaqueta: los puso en la mesa. Cristóbal entendió: debía firmar la autorización para la venta del casón, para entregarles su casa. Cristóbal no hizo más preguntas: pidió una pluma y estampó su firma y rúbrica. Entregó los papeles a Pascual.
            –Bien Cristóbal, haremos lo que esté en nuestras manos para salvaguardar tu vida. No temas.
            Le saqueaban legalmente, aunque acababa de comprar su vida. El precio: un enorme casón familiar en El Toboso, propiedad de su esposa, Socorro, de la que estaba separado desde hacía años. Él nada había aportado al matrimonio, aunque no entendía que necesitaran su firma: podían haber pedido su fusilamiento por ser un peligroso rojo, un anarquista que se alistó como voluntario en el Ejército de la República para defender la libertad y la democracia. Quizá hubiera algo más, aunque nunca quiso saberlo. Se levantó de la silla y en silencio abandonó la yerma sala de visitas.
            Años más tarde, finalizando los Años 40, Cristóbal Fernández Dorado, Cristobalón “el carretero”, fue puesto en libertad vigilada: los rojos no eran de fiar. Debían ser vigilados. Regresó a Albacete, donde inició una nueva vida. Nunca más volvió a ser él mismo, el Cristobalón de los excesos, de las extravagancias y otras bellaquerías, de las mil borriquerías.
FIN

[1] Fue un dramático y brutal episodio protagonizado por la CNT de Alcázar de san Juan (pueblo de Ciudad Real a unos 25 kilómetros de El Toboso). Un camión con seudo-anarquistas llegó a El Toboso e hizo una saca de presos derechistas a los que pasearon.

viernes, 29 de marzo de 2013

CRISTOBALÓN "EL CARRETERO"

Cristóbal Fernández Dorado en su vejez, en Madrid, en los primeros años de la década de los 70 (siglo XX).

Excesos de juventud de Cristóbal Fernández Dorado,anarquista socarrón y mujeriego, bellaco en sus bellaquerías.Se casó con una viuda católica y beatona: el matrimonio acabó como el rosario de la aurora. Miliciano de la República, encarcelado por defender la Libertad y la democracia, el franquismo le aniquiló

(NARRACIÓN CORTA. PRIMERA ENTREGA)



EXPLICACIONES Y ALGUNOS DATOS BIOGRÁFICOS
El conjunto de historias que se fabulan en esta narración corta, que hasta ahora había permanecido inédita, tuvieron como principal protagonista a Cristóbal Fernández Dorado, mi abuelo materno, nacido en Motilla del Palancar (Cuenca), a finales del siglo XIX. Sus padres, Patrocinio y Rosario, campesinos de condición humilde, se trasladaban de unas poblaciones a otras, para trabajar como temporeros. Eran de Campo de Criptana (Ciudad Real). Cristóbal tuvo como hermanos a Ismael, el primogénito, Florentino, Ascensión y Sofía. De Ascensión y Sofía tenemos noticias de que vivieron en Miguel Esteban. Nada sabemos de sus hermanos Ismael y Florentino (Sofía, sobrina de Cristóbal, tiene una fotografía de Florentino).
Cristóbal se educó y vivió en Campo de Criptana, Miguel Esteban y El Toboso (Toledo), hasta 1936. Era carpintero, especializado en la construcción de carros. Ideológicamente, Cristóbal era simpatizante de la causa anarquista, entendiendo el anarquismo en el medio rural, en su tiempo. Los postulados anarquistas en aquel tiempo obedecían a unas condiciones de vida muy duras para las clases trabajadoras, especialmente para los campesinos, sometidos a los terratenientes, detentadores de privilegios desde el siglo XV.
Se casaría con Socorro Caraballo Payá, hija de un cura con parroquia en Madrid, viuda y con cuatro hijos. El matrimonio tendría tres hijos: Lourdes, Araceli y Patrocinio. Separados –su esposa, Socorro, se hartó de sus insistentes aventuras mujeriegas–, Cristóbal se trasladó hasta Albacete, con sus dos hijas. Cuando los rebeldes africanistas provocaron la guerra civil, tras el golpe de Estado del 18 de julio de 1936, Cristóbal se incorporó a las milicias de la República, con fuerzas del sindicato anarquista CNT. En la postguerra, sufrió años de cárcel, pasando algunos años en el durísimo penal de Ocaña (Toledo). Y puesto en libertad, una vez que volvió a Albacete, convivió con Josefa, una joven de Motril, con la que tuvo otros cuatro hijos: Olimpia, Florinda, Mauricio (también Maudilio) y Pepe.
            Cristóbal Fernández Dorado podría definirse como un hombre histriónico, socarrón; un espíritu libre y burlón propenso a la juerga, dentro de ese peculiar estilo de la “España profunda” que tendría sus raíces en esos textos de Camilo José Cela –deudor de la narrativa tosca del pintor José Gutiérrez Solana– que describen una España analfabeta y salvaje, cruel con los débiles… o en los chistes de Miguel Gila, retratos fidedignos de un país cerril y asilvestrado, propenso a la bestialidad como principal seña de identidad.
El conjunto de episodios conocidos de la vida de Cristóbal, Cristobalón “El carretero”, le definen como un personaje divertido, protagonista de excesos y borriquerías de pueblo: cruel en ocasiones con los tontos y los débiles mentales, mujeriego empedernido, amante de sus hijas (su hijo Patrocinio nació en una inclusa de Madrid. Socorro, su esposa, cuando su matrimonio estaba roto, no quiso saber nada de ese hijo, quizá porque desde entonces no quiso saber nunca más nada de Cristóbal. El amor inicial se transformó en odio. Cristóbal no conocería hasta bastantes años después, cuando salió de la cárcel, donde estuvo por rojo, a su hijo Patrocinio…
            En la biografía de Cristóbal hay lagunas, páginas en blanco, oscuros misterios: se sabe que mantuvo conocidos, apasionados y efímeros romances aquí y allá, con unas y otras, solteras, casadas, viudas… con posible descendencia extra-matrimonial… Forman parte de su vida oculta, se llevó a la tumba tras sufrir un infarto fulminante.
            Todas las historias que se recogen en estos textos son reales, verídicas. Ocurrieron en unos lugares concretos, en un tiempo preciso: finalizando el siglo XIX e iniciando su andadura el siglo XX, una centuria muy conflictiva para los españoles, que arrastraban todos los problemas económicos de la pérdida de las últimas colonias ultramarinas, más una falta de modernización de todas las estructuras económicas y sociales. La intervención de la iglesia católica en la vida política, económica y social de España, desde la época de los llamados Reyes Católicos han sido tan nefasta como negativa.
Las fuentes de información han sido Miguel Torres y Araceli Fernández, mis padres; y Sofía López Fernández, sobrina de Cristóbal, hija de su hermana Sofía.  Las hazañas bufas de Cristóbal, algunas de extrema crueldad y otras muy escatológicas, eran muy conocidas en Miguel Esteban, El Toboso y otros pueblos limítrofes, más o menos próximos.
            Algunos fragmentos de las historias están deliberadamente fantaseados, manteniendo la realidad de los hechos. Los nombres utilizados –excepción con Cristóbal y Teófilo Torres, que coincidieron en el penal de Ocaña (Toledo) como presos políticos, al ser condenados los dos por haber combatido en el Ejército de la segunda República– no son, en la mayoría de los casos, los reales. He querido, sin embargo, utilizar nombres de personas de Miguel Esteban (Toledo), que fueron testigos de las tremendas, impías gamberradas de Cristóbal Fernández Dorado, un hombre excesivo en sus excesos.
            Una de esas frases geniales de Cristóbal era: “Ahora que no tengo garrota, todo son peleas”. Se refería, naturalmente, al sexo. Se quejaba de que las mujeres le pedían “guerra” cuando, cercano a la vejez, ya no podía responder a los embates que las mujeres le proponían o que creía que le proponían: no dejaba de ser otra de sus fantasías. A partir de cierta edad, pocas o ninguna mujer piden guerra a un viejo. O lo que es lo mismo:
            A la vejez, ciruelas, Cristóbal. ¿O es viruelas?


EL TONTO GERVASIO, UN BORRICO Y UNA CAGALERA
Sonaban metálicos los cencerros: los diablos, ataviados con harapos de colorines, corrían y recorrían las empedradas calles armados con secas calabazas atadas a un palo: golpeaban puertas y ventanas, vociferaban agrios, ululaban atrevidos antes de auparse a los tejados, desde donde arrojaban tejas contra todo aquel que se atreviera a salir de su casa. Todos corrían espantados: las mujeres sujetándose las faldas, los hombres para evitar sonoros calabazazos. El cura se encerró dentro de los sólidos muros de la iglesia: rezos rezados hasta el miércoles de ceniza. Carnaval: permitido festival de carne, pecado y holganza.
            Gervasio, canijo y simplón, nunca despuntó por su agudeza. Gervasio, atolondrado y descuidado, maceraba sus pocas ideas mirando el interior de sus bolsillos. Gervasio se dejó caer por la carpintería, donde Cristóbal le daba charla gratis.
            –¿Gervasio, quieres divertirte? ¿Nos burlamos a gusto de todos estos ciriñolos?
            –¿Qué hay que hacer Cristóbal?
            Le convenció para compartir un suculento y amistoso guiso de arroz, en el que Cristóbal añadiría un eficaz purgante de efecto retardado. Se disculpó por no poder comer tan elaborado plato, culpando a su estómago de la indisposición.
            –Cristóbal este arroz es pura gloria.
            –Pura gloria, Gervasio, pura gloria.
            –¿Y ahora qué tenemos que hacer?
            Le explicó que tendría que montar en un burro –él guiaría los ramales–, y que recorrerían el pueblo gritando “¡¡Que me cago, que me cago!!”.
            –¿Sólo eso Cristóbal?
            Al atardecer, Cristóbal le puso la albarda al borrico; y Gervasio, ufano por la broma que gastarían, premioso se subió al pequeño animal. Le convenció también para atarle los pies, encintándole los tobillos.
            En la calle Real, cuando Gervasio vociferaba con voz ronca cercana al rebuzno “¡¡Que me cago, que me cago!!”, sintió que sus tripas gruñían desaforadas. El retortijón le removió las entrañas: el fármaco hacía efecto. No le dio más importancia. Pero segundos después, Gervasio sintió la necesidad imperiosa de descargar. Instintivamente quiso bajarse del burro: sus tobillos encintados se lo impidieron.
            –Oye Cristóbal, que me cago de verdad. Desátame…
            –Así me gusta Gervasio, que finjas con realismo y naturalidad.
            –Cristóbal que no es una broma, que me cago.
            –Así Gervasio, así. Grita fuerte.
            –¡Cristóbal que me cago, que no aguanto más!
            –Eso es, eso es.
            –¡Cristóbal joder, que me cago!
            Gervasio descargó dentro de sus pantalones, sobre el burro. Cristóbal, voceando “¡El guarro se ha cagado!”, tapándose la nariz, le paseó impíamente por todo el pueblo. Un reguero amarronado, vertido por las piernas del pantalón de Gervasio, fue la huella de la bellaquería carnavalesca de Cristóbal.


LA PROCESIÓN DE LOS BORRACHOS
Amigos y amigotes se dieron cita en el cerro de santa Ana, en los restos del convento de los Agustinos, cerca de El Toboso. Desde el pueblo, a poco más de dos kilómetros, llegaba nítida la fúnebre, apocalíptica música que acompañaba los pasos de la procesión del Viernes Santo. Paseaban en andas a su dios Jesucristo, a la Virgen del Socorro, a un Cristo yacente, a… Los capirotes, negros y azul nazareno, portaban velas y cirios para iluminar el nocturno recorrido religioso.
            Cristóbal tenía preparadas dos arrobas de vino blanco, excelente caldo manchego, de la anterior cosecha. Le acompañaban, entre otros gañanes, Pedro “Dos culos”, Genaro “Botones”, Francisco “Chirla”, Santiago “Mayorales”… todos muy conocidos por ser almas burlonas, espíritus traviesos. Improvisaron un fuego con sarmientos, donde tostaron varios kilos de torreznos: celebraban su peculiar Semana Santa.
            Torreznos abrasados, pan de hogaza y vino animaron la velada: se comentaba jocoso sobre la beatería hipócrita, sobre santos y santones cornudos, sobre badajos golpeando metálicas sotanas. La conversación creía frenética: el vino calentaba las lenguas. Cristóbal, en una nueva ocurrencia, hizo su descabellada propuesta:
            –¿Por qué no celebramos nuestra propia procesión?
            –Estás loco –le respondieron–.
            –No tenéis cojones.
            –¿¡Que no tenemos cojones?!
            Los genitales: esencia del hombre, masculinidad, punto de partida de la arrojada locura. Símbolo de valor, de estupidez. Mencionar los cojones es retar, abrir la puerta de lo imposible como posible posibilidad. Cojones es hombría, dicen. Una invitación a la nada.
            Planearon ir furtivos hasta el pueblo, vestirse extravagante como obispones beodos, hacerse con unas andas y pasear a Pedro “Dosculos”: sería san José cornudo, portando en sus manos un nardo. El resto, costaleros improvisados, acompañarían el paso canturreando “La Tremenda”, fúnebre oración de despedida mortuoria.
            Pedro “Dosculos” se instaló en la plataforma portátil. El resto de la parranda se echó el grotesco paso al hombro para hacer un recorrido paralelo, entre ayes, rebuznos, eructos, pedos y cánticos soeces. Su algarada cabalgó entre las calles, hasta tropezar con la procesión oficial. El cura, iracundo, protestó: “¡Blasfemos, miserables, canallas, os condenaréis en el fuego eterno del Infierno!”. El alcalde, ofendido, dio orden a los municipales de actuar: “¡Calentarlos bien!”. El sargento de la Guardia Civil, tricornio calado hasta las cejas, cara de mala hostia, aseveró: “Nosotros nos encargaremos. Esta noche no tendrán frío, por mis cojones”.
            Los improvisados nazarenos al escuchar “¡Alto a la autoridad!”, recobrada de inmediato a perdida lucidez, soltaron la plataforma y huyeron a la carrera. El golpetazo que se pegó Pedro “Dosculos” le dejó tumbado en el suelo, junto a su peana procesional. Su dolorido cuerpo tras la caída, fue molido a palos con saña por la autoridad.


UNA EXTRAÑA PICADURA DE TABACO
A primera hora de la mañana, despertando con el gallo, Cristóbal llegaba a la carpintería, en una de las orillas del pueblo. Antes, en el Bar de Morros, había saboreado un cargado carajillo: café y aguardiente, muy caliente, casi hirviendo. Tras vestirse con una bata azul, trabajaba la madera para hacer ventanas, puertas, mesas, banquetas... y carros. En la carpintería o carretería tenía por compañeros a Lamparilla, Adel y Rondilla. Aderezaban la jornada con chistes y charlas triviales.
            Sobre las diez de la mañana, el almuerzo: tocino, chorizo, quizá morcilla sobre pan. Se acompañaban de vino fuerte. Y tras el potente tentempié, echaban unos pitos. Lamparilla, Adel y Rondilla siempre ponían sus garras sobre la petaca de Cristóbal: extraían los pitos, fortísimo “caldo de gallina” marca “Ideales”, que reliaban y encendían.
            –¿No sois un poco gorrones? –espetó Cristóbal–. Ni un sólo día ofrecéis tabaco. ¿No os dan vuestras mujeres dos perras gordas para comprar tabaco?
            –Cómo eres Cristóbal. Si sólo son tres cigarros.
            –Tres cigarros hoy, tres cigarros ayer, tres cigarros anteayer, tres cigarros mañana…
            –Vale, vale. Si tanto te molesta...
            –Bueno, ya que los tenéis en las manos...
            –¿Hoy no fumas, Cristóbal?
            –Hoy no me apetece.
            Encendieron los caldos: aspiraron el humo lento, transportándolo hasta los pulmones, saboreando la fresca picadura. Y empezaron a toser seco y repetido. El tabaco ese día tenía un olor raro, un sabor diferente, acre. Con la segunda calada, volvieron las toses, más intensas. Con la tercera calada, mirando desconfiados a los cigarros, Lamparilla, Adel y Rondilla estaban próximos al vómito.
            Cristóbal, harto de la gorronería impávida de sus compañeros, había ideado escarmentarles: recogería una seca mierda del corral y, tras picarla, la mezclaría a partes iguales con el tabaco. Dispondría los cigarros en la petaca, sin alterar su apariencia. Después sólo tendría que esperar a los tres gorriones.
            –¿Qué os pasa?
            –Los cigarros, saben a rayos –entre toses y espasmos–. Y hasta huelen mal, como a podrido, como a mierda...
            Lamparilla, Adel y Rondilla se miraron: volvieron su mirada a Cristóbal. Algo pasaba. Adivinaron que el tabaco contenía algo raro, que eran víctimas de alguna de las afamadas bromas de Cristóbal.
            –¿Qué le has puesto al tabaco?
            –¿No está bueno? –respondió malicioso Cristóbal–. ¿No tiene un gusto especial?
            –Estáis fumando picadura de auténtica mierda, ¡gorrones!
            No esperó la respuesta: la respuesta hubiera sido brutal. Cristóbal huyó a la carrera. Lamparilla, Adelio y Rondilla jamás le perdonaron tan calculada bellaquería, jamás le aceptaron otro cigarro.
(continuará).
 







 


 

lunes, 4 de marzo de 2013

IRLANDESES DE LA PETER DALY SOCIETY RECORREN EL RASTRO DE MADRID



Siete de irlandeses de la Peter Daly Society, que habían participado en la Sexta Marcha Memorial Batalla del Jarama, visitaron distintos puntos de Madrid, centrándose en El Rastro, un espacio que les resulta fascinante.

 Con Steven Mc Caan, Wally Doyle, Tom Redmon, Chris "Thatcher" Carey, Eoin Redmon, Peter Brown y Chris Carey, de la Peter Daly Society, junto a Robert Green Bally, iniciamos el recorrido en la zona de Atocha, con una parada en la estatua erigida a los héroes del Caney, 500 soldados españoles en Cuba, en el Fuerte de El Viso, que combatieron durante diez horas soportando los ataques de 7.000 soldados norteamericanos. Los soldados españoles resistieron los avances de las tropas de Lawton, hasta que se quedaron sin municiones.
Los irlandeses encontraron la vieja Estación del Mediodía en obras. Madrid es una obra eterna, como si hubiera alguna maldición que obligara a buscar eternamente un tesoro escondido que nunca se localiza. Bajamos por la Ronda de Valencia hasta llegar a la Glorieta de Embajadores. Les sorprendió que hubiera una Casa de Baños, donde poder lavarse por unas pocas monedas. Les explicamos que en Madrid hay otra Casa de Baños en la zona de Cuatro Caminos. Tienen su origen en la necesidad de lavarse y la falta de agua corriente en las casas de Madrid. En la puerta de la Casa de Baños se agolpaban inmigrantes, en su mayoría rumanos que sobreviven en las calles.
 En la proximidad de la Glorieta de Embajadores, en la calle del mismo nombre, encontraron un local con sabor español: Fórmula Nieto´s. Es una taberna de barrio, auténtica: no figura en las afamadas guías turísticas. Se pueden degustar desde churros y porras, de buena mañana; a patatas bravas… Irlandeses, patatas y cerveza: excelente combinación.
Seguimos la Ronda de Toledo, que lleva hasta la Puerta de Toledo, hasta llegar antes a la Ribera de Curtidores. Es el eje central de El Rastro. Antes de adentrarnos en ese gigantesco hormiguero internacional multicolor, saturado de olores, indicaciones para que nuestros amigos llevaran la cartera en lugar seguro: aunque hay vigilancia con policías de uniforme y de paisano, los carteristas forman parte de la fauna propia del rastro. Los carteristas, auténticos depredadores urbanos, son tipos bien vestidos y educados, dispuestos a ayudarte en cualquier momento. Su ayuda es la pérdida de tu cartera. Saben elegir a sus víctimas: en pocas ocasiones se nota que te han desplumado.
 Caminamos lento, mirando a esta y a esa tienda: ofrecen de todo, a todo precio. Son productos de baratillo, de poca calidad, de bajo precio. En un tenderete, puedes ver toda suerte de cuchillería albaceteña o toledana; en el de al lado, ropa interior de mujer. No hay orden… o el orden sigue un caos controlado. Son las leyes de la caótica, ciencia que estudia el orden del caos. A medio recorrido, los típicos carteles de toros, donde estampar tu nombre: la terna la forman Jesulín de Ubrique, John O´Brien y José Tomás… Son los toros y los toreros, lo más típico de España: hombres-torero, mujeres-morenas celosas. Los tópicos funcionan. Nuestro amigo Chris … pregunta por esas españolas morenas y ardientes, celosas, capaces de enamorarte y romperte el corazón… tuvo que conformarse con una “española” un poco estática, menos pasional.
                                                    Una española algo estática, poco pasional

 Más tarde llegaríamos hasta la estatua dedicada a “Cascorro”, apodo de Eloy Gonzalo, héroe español en la Guerra de Cuba. Está próximo al vértice donde se inician las calles Embajadores y Ribera de Curtidores, junto a una tienda de nombre muy oloroso: Marihuana. En las inmediaciones de “Cascorro” hay tenderetes donde comprar uniformes militares y toda suerte de objetos bélicos. En El Rastro se pueden comprar las cosas más variopintas. 
Avanzamos hasta un poco más allá, para tomar la calle Duque de Alba, a la derecha, que nos lleva hasta la Plaza de Tirso de Molina, donde conviven dos mercadillos: uno de flores, y el llamado Mercadillo Rojo, donde comprar toda suerte de enseñas e iconos de izquierdas, incluidos bustos y pequeñas estatuas de Lenin o Fidel Castro. El grupo de la Peter Daly Society miró y revisó, hasta hacerse con algunas banderas y pims, además de otros objetos. Allí hablaron con uno de los vendedores: está allí más por recordar que por vender. Su padre fue miliciano de la República y combatió en la Batalla del Ebro. Se emocionó al saber que hay gente que viaja para homenajear a los que defendieron en España la libertad y la República frente al fascismo; se emocionó al comprobar que los demócratas españoles no están solos frente al franquismo rampante que se tolera en España, o que se glorifica en los rótulos de las calles que les dedicaron durante la dictadura, que perviven en miles de pueblos y ciudades de España.
 Albert Pla nos lo recuerda: "Tu vida es una puta mierda y lo sabes"
 En una de las paredes, un cartelón publicitario anunciaba una obra del supuestamente genial Albert Pla, en el Teatro Fernando de Rojas, del Círculo de Bellas Artes: Tu vida es una puta mierda y lo sabes. Tampoco es ninguna genialidad decir lo que todos sabemos: (los capitalistas) han hecho de nuestras vidas una puta mierda. Pero no tenemos otra y luchamos por sobrevivir.
Volvimos a nuestros pasos por la misma calle Duque de Alba, donde advertimos que hay un cine porno, con horario de apertura a las 10 de la mañana. No parecen horas para ejercer la sicalipsis.
Nos adentraríamos esta vez, desde la Plaza Cascorro, por la calle Amazonas, a la derecha, para después de atravesar una plaza rectangular, bajar por la calle Carlos Arniches. Es zona de ropavejeros, donde se ofrece mucha quincalla a precio de oro –mejor fiarse de los vendedores gitanos: no quieren buenos principios para sus hijos. Sólo reivindican su parte, en función de lo invertido en la compra–. En esta zona se encuentran los auténticos charlatanes de feria, hienas de carroña, vendedores de crecepelo para bolas de billar, dispuestos a embaucarte y colocarte una cámara fotográfica Rollei analógica, de 6 x 6, por la friolera de 400 euros. Maestros de la estafa, no les rechistes ni les demuestres que son unos ladrones, porque te la arman. Tienes que dejarte engañar como un tonto, fingiendo ser tonto, para saciar su avaricia. Este tipo de vendedores, pícaros sin gracia, no pescan con caña. Pescan con mazo: pican pocos, pero el que pica… ¡menudo mazazo!

 Un poco más abajo, en la misma calle Carlos Arniches, en un tenderete atendido por dos japonesas diminutas, monedas y billetes de poco valor. Preguntamos por el precio de un billete de dos pesetas, de la República española. Nos piden 9 euros. Es fácil pensar que han confundido valor y precio. No sabemos si es que había que regatear, haciéndonos los ofendidos, para obtener un mejor precio, distinto de su valor; aunque sí sabíamos que un billete como el visto, en mejor estado, en la Plaza Mayor de Madrid, donde los domingos instalan un mercadillo de sellos y monedas, se podía adquirir por 3 euros. La calle Carlos Arniches, que tiene un importante desnivel, desemboca en una plaza, pegada a la Ronda de Toledo, remodelada con exceso de granito: el alcalde Ruiz Gallardón –el peor alcalde de Madrid, en toda su historia, de la derecha más derecha: sus obras tan faraónicas como poco funcionales, ha dejado a los madrileños una deuda de varios miles de millones– ha puesto demasiado granito en toda la ciudad. En esa plaza se concentran los cromeros, vendedores y cambiadores de cromos; los libreros de viejo, los herramienteros… por estar, están hasta grupo de cantores latinoamericanos que piden por la salvación de las cándidas almas descarriadas: aunque muchos no somos borregos de ese rebaño que huele a incienso, no pertenecemos a esa grey.
 Miramos en el reloj para comprobar que habíamos superado el mediodía. Nuestros cuerpos pedían descanso, reponer fuerzas. Caminamos hacia Formula Nieto´s, en poquito más allá de la Glorieta de Embajadores, donde nos esperan unas deliciosas raciones de patatas bravas y unas cuantas jarras de cervezas.