martes, 18 de abril de 2017

CARMEN TORRES RAMOS. IN MEMORIAM




Nació el 12 de agosto de 1927, en Miguel Esteban, pequeño pueblo de La Mancha más árida. La bautizaron con el nombre de Vicenta Carmen, hija de Genaro Torres Araque y Miguela Ramos Torres. Eran años de agitación por el malestar que provocaba la monarquía Alfonsina, de espaldas al pueblo; y los golpes de Estado de Primo de Rivera y Berenguer. España no era un país: era la finca particular de quienes siempre se han creído sus propietarios: nobles, terratenientes, nobles-terratenientes, altos militares del ejército, iglesia católica… los de siempre.

                Carmen Torres Ramos (Miguel Esteban, Toledo, 12 de agosto de 1927 25 de marzo 2017) pertenecía, por nacimiento, a las clases trabajadoras, a los pobres. Y ese nacimiento se produjo en el medio rural, en la inhóspita, despiadada Mancha. En su pueblo transcurrió su vida, marcada por la República, la guerra civil (o Guerra de España), el franquismo y la recuperada democracia, tras la muerte del más sanguinario dictadorzuelo que conoció España, un generalote criminal y genocida, tolerado por las potencias occidentales.


                Carmen tenía 4 años cuando se proclamó la segunda República, hecho decisivo para España, en su primer intento auténtico por ser una democracia; y 9 años cuando se originó la guerra civil, o guerra de España, tras un golpe de Estado fallido en media España, dado por Mola, Franco y otras alimañas “africanistas”. La guerra civil dejaría a Carmen huellas indelebles. Recordaba hechos importantes ocurridos en Miguel Esteban –y así lo tengo grabado cuando la entrevisté para reconstruir la vida de su hermano Teófilo, miliciano de la República–. Me contó que el 20 de julio de 1936, cuando milicianos de La Puebla de Almoradiel y otros pueblos de la comarca tuvieron que desplazarse hasta su pueblo para sofocar el levantamiento de los más feroces falangistas, ella y su madre fueron encañonadas por algunos milicianos. Republicanos de Miguel Esteban informaron a sus compañeros que eran la hija y la esposa del alcalde, Genaro Torres, socialista de Izquierda Republicana. También me narró los destrozos y desmanes que provocaron un grupo de incontrolados de la CNT de Alcázar de San Juan, cuando se trasladaron hasta Miguel Esteban para impartir su “justicia” cenetera: proteger a unos derechistas que se habían afiliado a la CNT y que habían atacado la sede de la UGT. Afortunadamente llegaron los refuerzos que pidió el alcalde: la guardia de asalto controló a los incontrolados de la CNT (no querían saber nada de los frentes de guerra), que ya habían causados grandes destrozos en la iglesia (fueron los mismos autores de “La cremá de la pata del diablo”, un acto en el que fueron asesinados un grupo de derechistas de El Toboso, luego utilizado para que los franquistas condenaran a muerte a muchos inocentes). Y les echaron: hecho el daño, nunca volvieron.


                En 1939, finalizada la guerra civil, Carmen cumpliría 12 años. Empezó a vivir el horror de una postguerra interminable que empezaría para su familia con el asesinato de su padre, Genaro Torres, alcalde socialista de Miguel Esteban, junto a otros 17 demócratas migueletes, fusilados en una de las paredes del cementerio de Quintanar de la Orden; el encarcelamiento de su hermano Teófilo, que había luchado por la libertad y la democracia, en Toledo y Pozoblanco. En esos primeros años del franquismo más criminal, ella, sus hermanos Miguel y Vicente y su madre supieron lo que es tener que trabajar a cambio de comida, supieron lo que es tener que malvender unas pocas tierras de su padre a un precio irrisorio… y consideró que tenía suerte: a otras chicas del pueblo, por ser de familias “rojas” les cortaron el pelo al cero, colocándoles un lacito rojo en una pequeña coletita que les dejaron en sus rapadas cabezas. Alguna fue paseada desnuda por el pueblo para escarnio general y regocijo de los bizarros franquistas del pueblo, que nunca habían estado en los frentes de guerra.

                En 1944 la represión franquista amainó. Los alemanes, que le habían dado todos los medios a Franco para que ganara la guerra, iban a perder la segunda Guerra Mundial. Pero los americanos querían instalar sus bases militares en España y toleraron una dictadura, manejable en todas sus facetas: los franquistas se repartían el botín de guerra.


                Por supuesto, la victoria franquista provocó una gran hambruna en toda España. Los victoriosos franquistas debían pagar las deudas contraídas con los nazis alemanes y fascistas italianos. Los pagos se hicieron a costa del hambre del pueblo español. En Miguel Esteban, el conocido cura párroco don Martín organizó una especie de auxilio social, para que los hijos de los rojos pudieran “comer”. Pero los niños y los jóvenes que iban al comedor de ese monstruo, tuvieron que soportar las agresiones físicas de ese psicópata con sotana (siempre evitó decir que Genaro Torres, padre de Carmen y Teófilo, padre de Miguel y Vicente, impidió que le pasearan; al igual que Genaro intentó que no pasearan al sedicioso Cambronero, hecho que estuvo a punto de costarle la vida). Carmen, dura como un garbanzo tito, prefería tener el estómago vacío. No iba al comedor de don Martín: ese individuo le daba asco. Mejor pasar hambre.

                La situación de la familia se empezó a normalizar cuando Teófilo salió de la cárcel y sus hermanos Miguel y Vicente emigraron a Madrid para buscar un futuro económico que les negaban en Miguel Esteban. Fueron años en los que muchos migueletes demócratas abandonaron el pueblo para sobrevivir, en una sociedad reprimida, irrespirable, turbia, gris, sucia.


                Carmen se casó con Manuel Ortega el 20 de febrero de 1955. La hambruna provocada por las deudas de guerra de los rebeldes franquistas ya se dejaba sentir. El hambre nunca doblegó a Carmen… Carmen y Manuel, instalados en la casa familiar de Genaro y Miguela, formaron su propia familia. Con los años el matrimonio aportaría a la familia a sus hijos: Carmen y Miguel.

                Cuando la situación económica lo requería, Carmen y Manuel bajaban a Jaén a la recogida de la aceituna. Ese duro trabajo, bastantes años atrás, era enteramente manual: se extendían las lonas en el suelo y se vareaban las ramas de los olivos una a una. Luego tocaba agacharse y recoger las lonas para cargar las aceitunas. Y las aceitunas se recogen en enero, un mes en el que el frío se cala hasta en el tuétano. Carmen nunca se quejó. El destino de los pobres es dejarse la piel para poder sobrevivir.

                Hacia 1962 sus hermanos Miguel y Vicente y sus cuñadas Araceli y Consuelo emigraron un tiempo a Suiza, en busca de un futuro que les negaba su país. En España no había sitio para los “rojos”, para los demócratas. Carmen se hizo cargo de los hijos de Miguel hasta el regreso de sus padres. La represión en Miguel Esteban ya no era tan intensa, aunque persistían los modos propios de la dictadura de Franco, en un pequeño pueblo donde todos se conocían, donde los verdugos se vanagloriaban de sus atrocidades y no paraban de decir tonterías y mentiras sobre el “generalísimo” que trajo la paz (de los cementerios) a España; aunque hay que reconocer que el gran triunfo del franquismo fue criminalizar a las víctimas, convertir a las víctimas en criminales, criminalización que llega hasta nuestros días, en un país sembrado de fosas comunes, como pesadilla de uno de los más siniestros periodos de la historia de España. Todo con la bendición apostólica de la Iglesia Católica, colaboradora directa de la dictadura que introducía en sus templos, bajo palio, a su “caudillo”.


                Muerto en sanguinario dictador, iniciado el proceso de recuperación de la democracia, a partir de 1975, Carmen siguió con su vida normal. Los pobres, en democracia siguen siendo pobres. Hay que sobrevivir dentro de la maldición bíblica: ganarás el pan con el sudor de tu frente… y el dolor de tu espalda y riñones. No hay descanso para los pobres.

                Un año importante para la familia Torres Ramos fue 1978. Tras muchas gestiones de su hermano Teófilo, con otros compañeros demócratas de la zona, lograron comprar las fosas del cementerio de Quintanar de la Orden, donde están los restos de los civiles demócratas asesinados-fusilados por los victoriosos franquistas en 1939.

                Sin ningún tipo de subvención, tras adecentar las fosas, cubrirlas con mármol negro y poner las placas con el nombre de las víctimas de la vesania franquista, se inauguraron con un acto político. Se recordó que murieron por defender la libertad y la democracia, la legalidad de la segunda República. Las fosas del Cementerio de Quintanar son actualmente un lugar de culto para los demócratas.


                Cuando quise reconstruir la historia de su hermano Teófilo, miliciano de la República, una de las personas más sensibles y buenas que se pudieran conocer, con algunos episodios desgraciados que marcaron su vida, me entrevisté con Carmen. Y me facilitó una excelente información –grabada en una cinta de magnetofón–, que tuve que comprobar en sus hechos con documentos localizados en distintos archivos, para evitar campañas de difamación (curiosamente una campaña de difamación la puso en marcha un tipejo supuestamente de izquierdas, de no buena “pinta”: su padre fue confidente de las “fuerzas vivas” afectas a la dictadura).

                En los pueblos se funcionaba más por los apodos que por los nombres y apellidos. Pero Carmen sabía quiénes eran los verdugos, conocía a todos los que participaron en aquellas monstruosidades, personajes de (supuestas) convicciones católicas, asiduos a las misas dominicales y a los capirotes semanasanteros, que quizá desconozcan la palabra misericordia. Esos tipos todavía defienden una narración franquista de la guerra de España y de los años de feroz dictadura.


                Tuve que recurrir a Carmen, mi tía Carmen, cuando escribí otros libros relacionados con Miguel Esteban. En concreto, necesitaba información sobre los guisos más antiguos de Miguel Esteban, habituales en la dieta de los pobres, para el libro “El puchero de don Quijote” (Noticias Bibliográficas, Madrid, 2005. Agotado). Las gachas, de sencilla elaboración, requieren un punto de cocción para que sean algo más que una masa de harina a la que se añade pimentón para darle algo de sabor… también me informó y grabé con una cámara digital, cómo se hacían los “tirabuzones”, un plato descrito en El Quijote con otro nombre (cañutillos, creo). Y me señaló cómo hacer un buen “borracho”, un dulce típico de La Mancha, actualmente refinado, que hay que “emborrachar” de aceite, amasándolo con paciencia. Sus conocimientos gastronómicos, que la llevaban a elaborar arrope y mostillo, aderezados con historias bárbaras de mi abuelo Cristóbal, un cenetista siempre metido en berenjenales, eran los propios sobre los antiguos guisos, antes de que los langostinos formaran parte de la dieta de los manchegos.


                Aunque tenía motivos para detestar a todos aquellos monstruos que hicieron de España una gran cárcel vigilada por el ejército, sometida a la siniestra moral de la iglesia católica, Carmen nunca manifestó odio o rencor hacia nadie. Creía en Dios, en su Dios, posiblemente un dios distinto al de los curas católicos, aunque fuera a misa… algunos todavía recordamos que, cuando el entierro de su hermano Teófilo, el cura católico que ofició el acto religioso, auténtica escoria humana, se enfangó contra el fallecido: las palabras de aquel sacerdote católico contra Teófilo fueron las propias de un ser miserable, repugnante, lleno de odio (desde entonces, no he vuelto a pisar el interior de ese templo).


                Podría escribir páginas y páginas sobre Carmen Torres Ramos, narrar los más duros episodios de su vida. Prefiero anotar los pocos datos que se aportan en este artículo, como reconocimiento a una manera digna de pasar por este mundo, sin avasallar ni ofender a nadie. Los últimos años de Carmen, mi tía Carmen, fueron los de una mujer del medio rural  que iba para nonagenaria, acercándose tranquila a su final: muchos pequeños achaques, grandes alegrías con sus hijos, sobrinos y nietos.

                Estas pocas palabras sobre Carmen Torres Ramos, una mujer sencilla, sin dobleces, son el reconocimiento a una vida moderada y juiciosa, de trabajo, que ha dejado su impronta en sus familiares directos (no todos). Sus padres defendieron la libertad y la democracia, sus hijos defienden la libertad y la democracia, sus sobrinos defienden la libertad y la democracia, como los valores de las personas cabales; sus nietos, siguen la luminosa estela que en un momento preciso dejó su padre, Genaro Torres Araque: les hace humanos, siempre humanos.



Pablo Torres

Madrid, 17 de abril 2017.

lunes, 20 de febrero de 2017

EL ATAQUE GENOCIDA DE LA AVIACION ITALI-GERMANA CONTRA CIVILES QUE HUÍAN DE MÁLAGA [FEBRERO DE 1937]



Considerado como el pionero de la medicina humanitaria, el canadiense Norman Bethune puso en marcha las trasfusiones de sangre móviles: salvó la vida de miles de personas en la Guerra de España. Se desplazó en febrero de 1937 con sus ambulancias hasta la carretera de Málaga a Almería, por la costa, donde miles de civiles fueron bombardeados y ametrallados por italianos y alemanes en un episodio de genocidio poco conocido en España.




Norman Bethune (Ontario, Canadá 1890 – Habei, China, 1939) era un gran cirujano en Canadá, cercano al Partido Comunista. Cuando los sediciosos de Mola, Franco y resto de golpistas provocaron el enfrentamiento civil en España sintió la necesidad de venir a España y ayudar como médico. Llegó a Madrid como voluntario el 3 de noviembre de 1936 con una camioneta Ford comprada en Londres, conocida como “La rubia”, y material médico comprado en París. El viaje estuvo sufragado por el Comité Canadiense de Ayuda a la Democracia Española.
       Bethune participó en la primera Guerra Mundial como sanitario, convirtiéndose en un excelente cirujano torácico que incluso diseñó un innovador instrumental quirúrgico para el tratamiento de la tuberculosis. Conmovido por la pobreza que se vivió en Canadá en los Años 30, ejerció la medicina social atendiendo a los más desfavorecidos.
          El avance del fascismo en Europa le hizo abandonar su buena posición social y económica y trasladarse a España en 1936 para poner sus conocimientos médicos al servicio de la República en la Guerra de España contra los “nacionales”.
Dejando claro que no había venido a España a derramar sangra, sino a darla, Bethune realizó más de 700 transfusiones en los 8 meses que permaneció en nuestro país. En Madrid, donde creó el Servicio Canadiense de Transfusión de Sangre, instaló el primer banco de sangre en una casa de la calle Príncipe de Vergara con 15 habitaciones, organizando donaciones voluntarias de sangre solicitando la colaboración de radios y prensa. La solidaridad era recompensada con vino.
El cirujano advirtió que las bolsas de sangre enviadas a los heridos en los hospitales llegaban tarde. Decidió cambiar su método de trabajo por otro bastante novedoso: llegaría a los frentes de guerra con dispositivos para hacer transfusiones en los escenarios de guerra, en los frentes de las batallas. Sus planteamientos médicos sorprendieron a los servicios médicos de la República. El doctor Bethune financió y organizó el trabajo, uniéndose a los servicios médicos de las Brigadas Internacionales, llegando a Guadalajara, Valencia, Barcelona y, especialmente en Málaga.
Tras la toma de Málaga por las fuerzas sediciosas rebeldes, se produjo una pavorosa huida de malagueños hasta Almería. Es uno de los episodios clave de la estancia de Bethune en España. El doctor se referirá al hecho como “El crimen de la carretera Málaga-Almería”. El ejército italiano, con apoyo de los franquistas tomaron la ciudad en horas: después bombardearon intensamente por tierra y mar a la gran columna de civiles que escapaban por la única carretera que comunicaba Málaga con Almería, de unos 200 kilómetros. Bethune se encontraba en Barcelona cuando recibió la noticia del avance de los militares sublevados en Málaga. En febrero de 1937 se trasladó con sus colaboradores por la costa hasta Málaga, pero no pudo llegar a la ciudad: se encontró con una enorme columna de más de cien mil personas, ancianos, mujeres y niños, que huían desesperados de la ciudad, en lo que era un ataque salvaje contra población civil indefensa. Durante tres días, Bethune trasladó en su ambulancia a todos los que podía, en viajes de ida y vuelta a Almería, facilitando así que pudieran escapar  del terror provocado por los rebeldes.
 
La terrible experiencia que vivió y sufrió está recogida en sus escritos: “Se detuvo el camión, salí y me quedé en medio de la carretera. ¿De dónde venían? ¿A dónde iban? ¿Qué estaba ocurriendo? Me miraban tímidamente. No tenían fuerza para seguir, pero temían detenerse. Decían que los fascistas iban detrás de ellos. Sí, Málaga había caído. Las armas habían tronado. Las casas fueron arrasadas. La ciudad había sido golpeada duramente y toda persona capaz de andar se había echado al camino”. Su compañero Hazen Sise se ocupó de fotografiar el dramático éxodo, uno de los episodios más terribles y brutales perpetrado por los franquistas en la Guerra de España.

Los textos de Bethune son desgarradores: “Detrás del autobús una niña con el dedo en la boca gemía agachada al borde de la carretera. Vi a un miliciano tender la mano y coger la niña a la espalda. Al lado, un campesino llevaba a hombros a una mujer como si fuera un saco de patatas”. Junto a la fotografía, el testimonio de Ana Pérez Rey, 9 años en 1937: “Al llegar al Faro de Torrox empezaron los bombardeos de los barcos… hirieron a mi tía y a su madre, que le atravesaron el pecho, pero no murió; mi tía todavía tiene metralla. Todos gritaban y trataban de encontrarse, pero dieron una voz de que los heridos se fueran a un coche y, como mi tía y su madre estaban heridas, las metieron en el coche. Y yo me quedé sola y me perdí”.
Junto a otra de las fotografías de la muestra, un marco con dos textos. En el primero Norman Bethune escribe: “Imaginemos lo que serían cuatro días de andar escondiéndose en las montañas, perseguido por los aviones de los bárbaros fascistas, y cuatro noches de caminar en grupo compacto hombres, mujeres, niños, mulas, burros y cabras, tratando de mantenerse juntas las familias, llamándose por el nombre propio, buscándose en las sombras”. En el segundo, Cristóbal Criado Moreno, de 16 años en 1937, dice: “Las aviación nos bombardeó por la Cuesta de los Caracolillos. Había unos acantilados muy pronunciados y la gente o se iba para el monte o para la orilla. Mi familia se dispersó: yo estaba al lado del malecón. Oíamos silbar las bombas muy cerca. Cuando dejaron de bombardear vi muertos por todas partes. Tratamos de reunirnos la familia, pero allí se perdió una hermana mía, la más pequeñita, que tenía ocho años; el resto nos fuimos reuniendo al rato de ir adelante, sin mi hermana. Pasada una hora iba con otra familia cogida de un carrito pequeño, y la vi yo… (en este momento el relator rompe a llorar)”.

En otro de los escritor de Bethune se puede leer: “Entonces, unos cuantos aviones pasaron sobre nuestras cabezas. Brillantes aviones plateados: bombarderos italianos y Heinkels alemanes. Se lanzaron hacia la carretera y, como en una maniobra de tiro rutinaria, sus ametralladoras trazaban complicados dibujos geométricos entre los refufiados que huían”. El testimonio de José Ginés, que tenía 20 años en 1937, es el siguiente: “En ese momento aparecieron cinco aviones fascistas, que empezaron a bombardear el camino: pasaba uno y soltaba las bombas; pasaba otro, y lo mismo; así una y otra vez. Cuando terminaron las bombas, disparaban con ametralladoras. Se marcharon. Cuando volví al camino me encontré con el espectáculo más horrible que he visto en mi vida: niños, mujeres, borricos por el suelo; unos muertos, otros heridos; quejidos: “¡Socorro!”, “¡Ampárame!”.
Medio año después Bethune regresó a Canadá, desde donde se trasladó hasta China para ayudar a los heridos en la segunda guerra chino-japonesa. Antes de partir hacia oriente, financió el documental El corazón de España” e hizo una gira por diferentes ciudades canadienses para recaudar fondos destinados al Gobierno de la República, avisando sobre los peligros del auge del fascismo. También captó voluntarios para la “causa española”. El batallón canadiense internacional, el Mackenzie – Papineau, fue el segundo más numeroso, después del francés.

Pablo Torres [Madrid, 20 de febrero 2017]

Exposición “La huella solidaria. El legado del doctor Bethune y la ayuda de los voluntarios canadienses a la segunda República”. Centro Cultural Conde Duque (Madrid). Hasta el 2 de abril del 2017.

martes, 7 de febrero de 2017

CRÓNICA DESGARRADA DE UN EXILIO



    En 1996 vio la luz "Antes que sea tarde", un libro de memorias de Carmen Parga: narraba su vida durante la segunda República de España, su trabajo político en la Federación Universitaria Escolar (FUE) y en el Bloque Estudiantil de Oposición Revolucionaria, rama de las Juventudes Comunistas... más su matrimonio con Manuel Tagüeña, la desesperación por la guerra y un largo, desgarrador exilio por Rusia y Europa oriental, hasta que finalmente llegó a México.
    El libro se volvió a publicar en el año 2007 en México, por Editorial Porrúa. Y mantiene su frescura y sinceridad, en lo que podría definirse como un "abrir los ojos" ante una realidad durísima en la que nunca existieron los paraísos para los pobres, los que luchaban y dejaban sus vidas por la libertad y la democracia. Fue un romper vínculos con una ideología subvertida, deformada en un  mundo polarizado por los totalitarismos: fascismo y nazismo frente al comunismo oficial, en manos de burócratas que se embarcaron en el stalinismo.
    Carmen Parga y su marido, Manuel Tagüeña, alto mando militar del Ejército de la República de España, iniciaron su exilio cruzando los Pirineos. Luego, en un laberíntico periplo, llegaron a Moscú. No fue un camino de rosas: las dificultades se sumaban a las carencias, mientras el ejército alemán amenazaba con romper el tratado con Stalin y lanzarse sobre Rusia. Y por supuesto, en el reparto de casas, había "clases": "Lister y Modesto tuvieron buen cuidado de rodearse de incondicionales...". El matrimonio Tagüeña-Parga funcionaba con normalidad, siguiendo con atención los acontecimiento que se registraban en Europa y en España. Y mantenían correspondencia con familiares en México.
    En Moscú nació la primera hija del matrimonio y cuando la niña tenía seis meses, les llegó la noticia: el ejército alemán cruzaba la frontera con Rusia. El Ejército rojo entraba en guerra. Y llegaron las evacuaciones de civiles. Carmen tuvo que salir en tren en dirección a la región de Pensa, en el corazón de Rusia. Y fue otro recorrido lleno de penurias y necesidades. Los problemas para los evacuados en Pensa se iniciaron con la llegada del frío. Pese a todo lo que tuvo que pasar, Carmen Parga escribe: "Del espíritu de resistencia da fe toda la historia del pueblom ruso. Creo que no hay otro como él capaz de soportar calamidades, desgracias y contratiempos y prescindir de todo, hasta de lo aparentemente indispensable, sin perder la dignidad".
    Volvieron a trasladarles hasta Tashkent, la capital de Uzbekistán, en Asia. El viaje duró un mes: pasaron hambre y frío. Carmen Parga quedó impresionada con el Mar de Aral, con sus montañas de sal. La estancia en Tashkent también estuvo llena de dificultades por la falta de todo tipo de productos. Pero supieron sobrevivir.
VUELTA A MOSCÚ.-Derrotado el nazismo, se inició en la URSS la pesadilla staliniana. El aliento de la bestia llegaba a todo, al margen de culpabilidades o inocencias. Muchos compañeros y camaradas mostraron su lado más oscuro, transmutándose en abominables delatores en la creencia de que así se salvarían de las purgas política: "Cuando Enrique Castro fue expulsado del Comité Central por "trabajo fraccional" y "desviacionismo", sus "amigos" se apresuraron a hacer autocrítica ante Dolores (Ibarruri), para recuperar posiciones dentro del Partido. Yo no me di por aludida, así que cuando la dirección del Partido se dieron cuenta de mi ausencia en la ceremonia de la sumisión, me organizaron la clásica encerrona" [...] "Todavía no habían acabado mis problemas. Líster y Modesto fueron a quejarse a Dolores (Ibarruri) de mi supuesta indisciplina, que al parecer era un mal ejemplo para el colectivo de "militares".
YUGOSLAVIA.- Y desde Moscú, en la URSS a Belgrado, en la Yugoslavia de Tito. El peregrinaje no veía final: "Tito -escribe Carmen Parga- era un hombre guapo y apuesto, tal como me lo figuraba, sobre todo comparándolo con el "gran jefe". También la gente daba la impresión de celebrar sinceramente y sentise orgullosos de sus luchas y de sus victorias frente al fascismo..." [...] Mi marido estaba destinado como consejero del ejército en Nis, una pequeña ciudad cerca de la frontera con grecia y Macedonia. atravesada por un río. [...] Al relacionarnos con la sociedad serbia empezamos a valorar en toda su magnitud la proeza del movimiento guerrillero organizado y dirigido por Tito[...] En el mundo de la postguerra, la política de Stalin empezaba a dibujarse claramente: reforzar las fronteras de sus dominios al máximo, lo que luego se llamó el telón de acero, y organizar para el resto del mundo los movimientos guerrilleros, actuando como "quintas columnas" en los lugares del mundo más desprotegidos o más sensibles por sus problemas sociales, a la acción gurrillera".
 La familia Tagüeña-Parga,en el centro, con unos amigos en Yugoslavia
 
CHESCOSLOVAQUIA.- El periplo continuó con su traslado a Checoslovaquia. Los guardianes de la ortodoxia comunista no sabían que hacer con la famila Tagüeña-Parga. Estaba clasificados como "vacilantes". 
    Carmen Parga, cuando viajaban a Checoslovaquia, recordó que "Los "heterodoxos" llevábamos la tranquilidad del justo: que es la tranquilidad de conciencia" [...] Llegamos a Praga, ciudad que nos impresionó favorablemente no sólo porque es muy bella, sino además porque nos hizo sentir que, de vuelta, estábamos en Europa [...] A los pocos días nos trasladaron a Hejnice, un pequeño pueblo en el corazón de los Sudetes, región siempre en litigio entre Polonia, Alemania y Checoslovaquia".
    Atenta todos los hechos que vivía, Carmen Parga escribió: "Los acontecimientos se sucedieron a lo largo de aquel año decisivo, 1948. En Checoslovaquia los comunistas habían tomado el poder, en clara provocación a los acuerdos con los aliados después de la guerra. Stalin, en desventaja por no tener la bomba atómica, tuvo que renunciar a sus planes de grandeza de ocupar toda Europa y retirarse a posiciones básicas, encerrando dentro del telón de acero a los países satélites. Los partidos comunistas de toda Europa occidental quedaron desamparados de Moscú, a merced de los avatares de la guerra fría. Esta nueva política trajo como consecuencia que se abandonaran los planes sobre España, y los muertos en las campañas guerrilleras fueron enterrados y olvidados" [...] Escuchamos con estupor la lectura del documento en que los partidos comunistas europeos acusaban a Tito y al Partido Comunista yugoslavo de desviacionismo y traición a la sacrada causa" [...] Los cantos de alabanza a Tito por su labor durante la guerra, se convirtieron en acusaciones que iban desde lo trágico a lo ridículo" [...] Fue muy duro leer el documento acusatorio del Partido Comunista de España, que tantos favores debía al partido yugoslavo, uniéndose al coro; pero fue peor oír las estupideces de nuestros compañeros alló, que no tenían la disculpa del desconocimiento".
 Manuel Tagüeña con sus hijas, Carmen y Julia

    Otro párrafo de Parga muestra su carácter: "Me enfermaba constatar que en aquellos momentos que tanto había que hacer en el mundo, los partidos comunistas se dedicaran solamente a tratar de aplastar a Tito y al partido yugoslavo" [...] Tenía la niña cuatro meses cuando nos trasladamos a Brno, la segunda ciudad de Checoslovaquia, en cuya Universidad iba a trabajar Tagüeña en la Facultad de Medicina [...] poco a poco nos fuimos compenetrando con los checos. Inteligentes, trabajadores, su característica más destacada es una tendencia al humor ácido, en cierto modo parecido al humor negro español. No es causal que el libro más representativo de su literatura sea "Las aventuras del bravo soldado Sveik", de Jaroslav Hasek" [...] "Mi marido me prometió solemnemente que a la menor posibilidad nos sacaría del mundo comunista, enloquecido, angustiado y amenazante. Pasaron varios años hasta que pudo cumplir esta promesa y en total vivimos siete años en Checoslovaquia".
 Carmen Parga con su hija Carmen (lleva el vestido tradicional checo).

MÉXICO.- Tras pasar muchas dificultades, lograron el permiso para viajar a México: "Subimos al avión con una sensación de incredulidad, que no nos abandonó hasta que llegamos a Amsterdam". Era la primera escala de su viaje a la libertad: "Subimos de nuevo al avión ya convencidos de que no habría regreso. Íbamos a hacer escala en Irlanda y luego otras dos al otro lado del Atlántico: en Terranova y en Canadá [...] Felices, nos bajamos del avión en Monterrey, primera escala en México... por fin, el 12 de octubre de 1955 arribamos a la ciudad de México". En el país de la zona norte del continente americano lograron rehacer sus vidas y la familia, aunque al principio no se lo pusieron fácil.
LOS LÍDERES COMO DEIDADES.- La lectura de la obra de Carmen Parga nos traslada a la actualidad más cercana, nos hace pensar en nuestro tiempo por los tremendos paralelismos políticos. En tiempos de Hitler y de Stalin, se hizo de los líderes políticos pequeñas o grandes deidades terrenales que dictaban sus propios mandamientos, jaleados por sus camarillas de "cortesanos". A los militantes, al pueblo, se le exigía fe ciega, obediencia absoluta, sacrificios sin límites... todo sin plantear la menor pregunta, bajo de pena del repudio social o mayores castigos físicos y psíquicos. 
    Esa manera despótica de entender el poder ha llegado hasta nuestros días: actualmente los líderes de los partidos políticos, democráticos o no, se comportan y actúan como pequeños seres endiosados a los que hay que seguir con pasión, devoción. Bajo ningún concepto se puede ejercer la menor crítica. Si algún militante o ciudadano se atreve a "cantarles las cuarenta", narrarles la realidad visible, entran en acción los "guardianes de la ortodoxia, traidorzuelos de tres al cuarto, camarilla de auténticos enajenados mentales dispuestos a todo: desde la traición más descarada a sus amigos más próximos, pasando por cualquier otra barrabasada para proteger, aislar la figura del líder, ese pequeño infame con síndrome de Napoleón, rodeado de cientos de asesores que le parasitan.
    Lo narrado se puede advertir en todo tipo de líderes. desde los que, tumbados y fumando un selecto puro habano, leen la Prensa deportiva, mientras se divierten con medidas económicas antisociales que machacan a la machacada clase media o trabajadora de su propio país; a los que pretenden deslumbrar con un verbo fácil, coleta en ristre; sin olvidarnos de los más oscuros maniobreros que dicen ser lo que no son, borrando todo lo prometido para obtener el poder, trabajando activamente para las élites saqueadoras de bienes comunales.
    El libro de Carmen Parga es todo un manuel de decencia.

Pablo Torres
Madrid, 5 de febrero 2017

sábado, 14 de enero de 2017

EL LABERINTO DE LOS NIÑOS ROBADOS



El primer lector del segundo caso de Tadeus Kunzt, José Antonio Tébar, reseña "El laberinto de los niños robados", novela del género negro, de Pablo Torres. Y explica bien las dificultades y trabas que se ponen para impedir que se investiguen en España los miles de casos de niños robados en los paritorios y centros de menores, a lo largo del franquismo y primeros años de la recuperada democracia: los demócratas no supieron o no quisieron verlo. El título de la reseña se ajusta a ese enfrentamiento ideológico que pervive entre los españoles: franquistas contra demócratas.
Todos los jueves del año, por la tarde, haga frío o calor,
se manifiestan en la Puerta del Sol (Madrid, España).
Se van a dejar la piel, hasta que se acabe con
la impunidad del Franquismo (Foto: Pablo Torres)

NÁJERAS CONTRA MACHADOS

Tras unos meses sin saber de sus andanzas vuelvo a tener noticias de Tadeus Kuntz, investigador privado. Descreído y rebelde, de vuelta de alienantes realidades neoliberales,  sigue subsistiendo con dignidad y sin sentirse culpable por su modo de vida. Tad cae esta vez en un laberinto desasosegante que va mucho más allá de los casos domésticos que habitualmente resuelve con solvencia. Aceptó un caso más y abrió, sin buscarlo, la caja de Pandora: la compraventa de niños robados y la presunta connivencia, si no la complicidad, del Poder en España durante los dos últimos tercios del siglo XX. Un caso laberíntico que parece irresoluble e ininvestigable porque algunos consideran que es  la voluntad de dios.
Impotente, nuestro héroe, sufre a medida que avanza en las pesquisas; siente rabia cuando constata las complicidades y las connivencias, las trabas y las zancadillas. El caso de los niños robados debería ser una cuestión de Estado pero con “el franquismo y sus inercias hemos topado, amigo Pablo”. Hoy mismo, 12 de enero de 2017,  ha sido noticia judicial el doctor E.V. en todos los medios y la espita de la esperanza tal vez se abra. España continuará sine die con las cunetas llenas de muertos malenterrados y con miles y “cienmiles” de españoles a quienes les han robados sus hijos en un caso y sus identidades en otro… Españoles que caminan en círculo en su “Plaza de Mayo” de la Puerta del Sol de Madrid. España es diferente e indiferente. Machados contra Nájeras.
 Familiares de niños robados, en una de sus protestas:
quieren recuperar a sus madres, hermanos, primos,
devolverles su identidad; quieren que vuelvan con los suyos (Foto: Pablo Torres)


Tad es un hombre sensible, culto, amante del arte, de la música,  de la fotografía y de la gastronomía; atormentado entre dos fogosidades femeninas; afortunado porque son ellas quienes le guían; sensible y afable, no le falta la pasión pero los triángulos pueden ser desquiciantes. Mientras otros patriotas buscan los paraísos fiscales, él encuentra en Irlanda un edén para sorprenderse, su válvula para reencontrar la belleza, la paz y la huida de la miseria “marca España”; ese país lleno de corruptos, imbéciles, ignorantes, postfascistas, eduardos, sormarías, “maderos reciclados”… e “hijos de puta”.
Estamos ante la mejor novela de Pablo Torres. Un relato apasionante, bien trabado y documentado, de fácil lectura y ameno que se pasea sin concesiones por la España actual mostrando sus miserias, incurias y vergüenzas; que entrelaza distintas historias pero sin dejar de orbitar sobre un eje central. Nos hace tomar conciencia de uno de los grandes dramas olvidados o inducidos a olvidar en la sociedad española. Un libro que hay que leer, disfrutar y sufrir.
Gracias a muchos Tad aún nos queda algo de esperanza en este mundo de posverdades. Como decía L. Cohen: “Hay una grieta en todo, así es como entra la luz”…
José Antonio Tébar
Pinto, Madrid, 12 de enero 2017

lunes, 28 de noviembre de 2016

UN SORPRENDENTE LIBRO



     En tiempos de literatura industrial, con los mostradores de los grandes almacenes llenos de extraños títulos, el azar ha querido darme el acceso a una pequeña gran obra de cuentos: "El agrio olor de la cerveza tostada y otros cuentos", de Francisco Minaya, periodista, editado en el año 2002. La obra es una pequeña joya bibliográfica, en edición más que limitada: unos pocos ejemplares para disfrute de amigos... y que nadie me pregunte qué motivos me llevan a reseñar una obra de tan poca tirada: en estos días han entrevistado a un escritor que anuncian como el que más vende. ¿Pretenden que el autor que más libros vende es el mejor, el que más calidad ofrece? Han pervertido hasta la Literatura, de ahí que sea necesario buscar obras de autores poco o nada conocidos para disfrutar de la lectura. Y es preferible ocuparse de autores que no venden o venden poco, que tienen mucho que ofrecer. En tiempos de Valle-Inclán, ¿recuerda alguien quién era el autor que más libros vendía? ¿Le suena a alguien el nombre de Emilio Carrere?
     El primer cuento, que da título al libro, se centra en una discusión absurda... aunque todas las discusiones son absurdas. Pero lo fundamental es la cerveza, esa bebida mágica citada por el cantante Rod Stewart en una entrevista. Nos dijo abiertamente que le gustaba el fútbol, la cerveza y las mujeres... creo que por ese orden. Y si lo dijo Rod Stewart, que cantó la inolvidable "¿Crees que soy sexy?", no seré yo quien le desdiga. La cerveza devolvió la serenidad a los amigos que se enzarzaron en un debate con poco sentido.
     El segundo cuento, "El pelón", podría considerarse como una alegoría de la inocencia, a partir de una confusión reflejada en la prensa como el ataque de un oso a... no me puedo permitir destripar la historia, pero es de las que produce mucha risa, como ese hongo alucinógeno que provoca carcajadas incontroladas, sin motivo alguno.
     El tercer cuento, "Sin desperdicio", nos traslada a un vertedero, donde  hay una búsqueda de una Mariquita Pérez. Tampoco se debe ir más allá: mejor que el lector interesado busque al autor y consiga un ejemplar, aunque sea fotocopiado por el propio autor en un acto de auto-piratería.
     Cierra el libro la narración "El trono de oro", donde Francisco Minaya, periodista de "Sucesos" deja una crónica detallada, con bastantes dosis de humor negro, de lo que le puede suceder a cualquiera en un día de esos, en los que es mejor quedarse en casa y no salir. Y hasta aquí puedo contar, para no incurrir en eso que ahora llaman un "spoiler"... o decir eso de "el asesino es el mayordomo".
     Tras el primer cuento, pensé que estaba ante un conjunto de cuentos con historias imposibles. Pero no. De imposibles, nada. Las historias pueden ser o son reales, por absurdas que parezcan: la realidad supera con mucho a la ficción. Y de ahí la reseña de una pequeña obra, bien escrita, difícil de conseguir, sin pretensiones, con alguna errata (como debe ser). Y si alguien quiere un ejemplar, trasladaré la petición al autor. Sentirse leído es como sentirse amado... o eso creo.

Pablo Torres
Madrid, lunes 28 de noviembre 2016